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P. Eduar Andrade, Párroco de la Parroquia Santisima Trinidad de Santander

 

 


¿Qué acción podemos emprender cuando no sabemos qué acciones realizar? Podemos aprender. Podemos ejecutar la acción de ampliar nuestra capacidad de acción. El aprendizaje es una de las más importantes formas de alejar a las personas de la resignación. El aprendizaje hace que parezca alcanzable lo que pudo parecer imposible. A través del aprendizaje transformamos nuestros juicios de facticidad en juicios de posibilidad. (Echevarría, 1996: 322)
                                                                                       
Sin desconocer la multiplicidad de fortalezas que hay interior de la Iglesia Católica, actualmente se perciben situaciones de personas, familias y comunidades, en las que la fe cristiana se va debilitando ostensiblemente. Más aún, los líderes eclesiales se ven impelidos a afrontar, entre otros retos: la crisis religiosa global, un proceso general de secularización al interior de la comunidad creyente, y la creciente pérdida de credibilidad en la institucionalidad eclesial. Si las crisis han de ser asumidas como oportunidad, los servidores eclesiales han de ejercer un liderazgo de procesos familiares y comunitarios, que disponga al Pueblo de Dios a cumplir la misión encomendada, es decir, la instauración del Reino de Dios. Esto incluye tener en cuenta que la sociedad en general y la Iglesia Católica en particular, experimentan una profunda crisis de liderazgo, que compromete tanto a las generaciones actuales como a las subsiguientes. Los líderes  no sólo se muestran incapaces de percibir la interconexión de los distintos problemas, sino que además se niegan a reconocer hasta qué punto las soluciones que presentan están comprometiendo el futuro de generaciones venideras.  Para algunos científicos, soluciones viables son aquellas que resultan sustentables: “una sociedad sostenible es aquella capaz de satisfacer sus necesidades sin disminuir las oportunidades de generaciones futuras” (Capra, 2000: 26). De acuerdo a esta postura, en un mundo marcado por la incertidumbre, es urgente propiciar estrategias y soluciones que permitan las transformaciones oportunas, en las cuales la familia juega un papel imprescindible, esto conlleva 
Una forma de pensar el futuro y de diseñar nuestras acciones, que toma en cuenta el hecho de que éste se genera en la interacción con los otros (…) Los líderes y quienes, en general, son responsables de diseñar el futuro, saben cómo aprovechar plenamente los juicios para orientarse en medio de las incertidumbres de los tiempos venideros. (Echeverría, 1996: 112-113)
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
Ciertamente, el sacerdote, tanto por la investidura que tiene, como por su formación, es un líder a quien las personas y familias de la comunidad buscan espontáneamente, procurando ayuda espiritual y psicológica. Prada asevera que el ministro ordenado
Es una de las personas más indicadas para ofrecer ayuda espiritual y psicológica. Y esto lo ha entendido la gente común y corriente que acude a él en busca de consejo. La confianza que inspira el sacerdote, su grado de madurez, su secreto profesional (y en la confesión el siglo sacramental) y su preparación filosófica – teológica lo capacitan grandemente para servir de ayuda a los demás. Si este sacerdote tiene, además, una adecuada formación psicológica, su capacidad de ayuda terapéutica crece enormemente, y si esa formación psicológica es variada y profunda su ayuda resultará mucho más fructífera.  Con lo dicho anteriormente no estamos confundiendo el plano espiritual – sobrenatural con el plano humano – psicológico. (1994: 49)

No obstante, algunos ministros ordenados dan la impresión de haber perdido la esperanza, sobre todo después de realizar actividades pastorales y comunitarias con espíritu mesiánico, “acelerando” procesos, y con una confianza exagerada en las propias fuerzas, desconociendo que en las obras de evangelización o pastoral, los cambios significativos no dependen solamente de la acción humana sino del poder de la gracia de Dios. Al pensar que la salvación del mundo depende de lo que hacen o dejan de hacer, se pierden a sí mismos, pues están desconociendo que sólo Dios puede salvar.  Se dice que es necesario “cambiar la manera de pensar, para que cambie la manera de vivir”, y este es precisamente el llamado de los últimos Pontífices y el Magisterio Eclesial, en relación con la familia en el contexto de la Nueva Evangelización. Ciertamente, un “cambio” en los primeros responsables de la Pastoral con parejas y familias, influirá en todo el ambiente eclesial.  A este respecto, resultan inspiradoras las enseñanzas de un rabino jasídico, de quien se afirma, en su lecho de muerte, expresó las siguientes palabras:
Cuando yo era joven, me propuse cambiar el mundo. Al crecer un poco más, me percaté de que esto era demasiado ambicioso, por lo que me propuse cambiar mi país. Me di cuenta al hacerme mayor, de que también era demasiado ambicioso, de modo que me propuse cambiar mi ciudad. Cuando advertí que no podía hacer ni siquiera esto, traté de cambiar a mi familia. Ahora que estoy viejo, sé que debería haber comenzado por cambiar yo mismo. Si hubiera empezado por mí mismo, tal vez habría conseguido cambiar a mi familia, mi ciudad o aun el país… quien sabe, ¡quizás incluso el mundo! (Richardson, 1993: 61).

El ejercicio del liderazgo, cimentado en los postulados de la Nueva Evangelización y apoyado en algunos avances de las ciencias humanas (en la medida en  que éstos sean compatibles con los valores del Evangelio), ciertamente influirá para perfilar un estilo pastoral más renovado, evangelizador y comunitario, que propicie alternativas de transformación,  mediante la difusión de la Palabra de Dios, el culto y la acción social o solidaria, que opta de modo preferencial por las personas, familias y comunidades más pobres y excluidas de la sociedad.
Para esto se requiere que los ministros ordenados sigan estimulando el liderazgo de los fieles laicos, y que propicien la construcción de pequeñas comunidades vivas y dinámicas, en las que las familias jueguen un papel fundamental.  Estas comunidades,  paulatinamente favorecerán espacios de comunión y solidaridad, que se facilitan -sin desconocer la imprescindible acción del Espíritu Santo- porque los miembros están cohesionados por lazos de sangre, idéntico origen, historia común y significados o valores compartidos; todo esto como alternativa a sociedades marcadamente individualistas, egoístas y consumistas. En su momento, el Papa Juan Pablo II desafió a los cristianos a “hacer de la Iglesia la casa y escuela de comunión” (Novo Millennio Ineunte, 43), lo que se puede lograr, en la medida en que se convierta la Pastoral Familiar en eje transversal de toda la acción evangelizadora y pastoral. Hace algunas décadas,  la vida comunitaria eclesial giraba en torno al clero, con una mentalidad marcadamente piramidal, en la cual unos ordenan y otros obedecen. A nivel de las personas que no habían recibido “ordenes sagradas”, poco se fomentaba su participación o liderazgo, por lo que había un laicado “pasivo”, poco dado a inmiscuirse en “las cosas religiosas”. Las grandes transformaciones de la vida moderna y posmoderna, han llevado a revaluar este modelo, que crea “masas de fieles” poco dadas a asumir compromisos, con el ánimo de responder a los grandes retos de la “realidad” intraeclesial y social. Hoy se resalta que los laicos son protagonistas de pleno derecho en la evangelización; su participación en el apostolado y en la vida interna de la Iglesia (idealmente en pequeñas comunidades y ministerios), es un derecho no una concesión de la jerarquía, basta recordar que 
La Iglesia empezó por ser un conjunto de comunidades – familias domésticas, en donde se hacía posible una real solidaridad de cada uno de sus miembros y solo vino a ser institución, con figura social definida, en la medida en que fueron volviendo permanentes o estables las funciones más significativas y estructurales de las personas dentro de la comunidad – cristiana – familia – doméstica. Esto deja entender dos elementos: primero, que la clave y punto de partida de la Iglesia es la familia; y segundo, que las comunidades cristianas tipo familia son el espacio obvio en donde es posible formar seres humanos. La finalidad fundamental de la Iglesia es precisamente ésta: la construcción del hombre verdadero en toda su autenticidad dentro de un proceso comunitario familiar. (Baena, 1994: 88)

Con todo esto se sale al paso de los perjuicios ocasionados por una interpretación subjetiva de la existencia (reinado del relativismo), que es contraria a los valores promulgados por el Evangelio, al propiciar interrelaciones marcadas por el hedonismo, el narcisismo o el intimismo a ultranza, que promueven un exagerado culto al yo y a las capacidades individuales. Hoy se sabe que cuanto más se aísla una persona o comunidad, más pronto muere y se cuestiona una especie de “solipsismo filosófico: la postura que pretende que cada individuo está encapsulado en un universo privado sin contacto con el de otra gente” (Neimeyer, 1989: 29). En el marco del llamado actual a evangelizar con nuevo ardor, con nuevos métodos y expresiones, se encuentran a nivel eclesial variadas propuestas o metodologías que ayudan a las parroquias a convertirse en auténticas comunidades de comunidades, evangelizadas y evangelizadoras. Esto porque, se puede comprobar que un creyente, con escaso sentido de pertenencia a la comunidad eclesial, paulatinamente languidece en su fe, y termina por privarse de las riquezas existentes en el ámbito espiritual y religioso. Al encontrar un ambiente familiar comunitario, que resulte alternativo a relaciones frías, calculadas y competitivas, -propias de sociedades capitalistas- se verá estimulado a establecer vínculos oportunos, que le permitan un encuentro consigo mismo, su familia y entorno. Quizá por esto se define la pequeña comunidad como
Una agrupación estable, orgánica y fraternal de personas evangelizadas: centradas en el Señor Jesús, y animadas por el Espíritu Santo. Que se responsabilizan unos de otros en todo, y para ello se aman, se sirven, comparten lo que son, lo que saben y lo que tienen, cuidándose mutuamente en edificación espiritual y se apoyan en solidaridad para sus necesidades materiales y sociales. Así dan testimonios corporativos de nuevos modelos de vida. (Navarro, 1998: 73)

Si los líderes de la Pastoral Familiar son: el Obispo, en cuanto primer responsable de la misma; los laicos comprometidos y formados (idealmente parejas de casados), puesto que la familia cristiana no es sólo objeto sino sujeto de dicha Pastoral; los sacerdotes, quienes ayudan y acompañan en su fortalecimiento integral, y a la vez son enriquecidos por ella; de igual forma, las personas consagradas en la vida religiosa, quienes prestan servicios invaluables en esta empresa… en lo sucesivo será indispensable optimizar la capacidad de liderazgo, que implica la necesidad de potenciar el don o carisma (1 Cor 12, 4-11), para que cada agente de pastoral, en cuanto “testigo de la fe”, sea de verdad un cristiano maduro y comprometido,  dispuesto a servir a la familia desde el Evangelio de Jesucristo. 

REFERENCIAS:

Baena, G. (1994). Comunidad Cristiana: La familia y el hombre. Pastoral Xaveriana, 1, 85-89. 
Capra, F. (2000). La trama de la vida. Barcelona, España. Editorial Anagrama. 
Echeverría, R. (1996). Ontología del lenguaje. Santiago de Chile: Dolmen Ediciones, S.A. 
Max-Neef,  M. A. (1998). Desarrollo a escala humana: Conceptos, aplicaciones y algunas reflexiones. Montevideo, Uruguay: Editorial Nordan. 
Navarro, A. (1998). Plan diocesano de misión y pastoral integral. Medellín Colombia: Litoservicios.
Neimeyer, R. A. (1989). Orientación a la terapia de constructos personales. En: R. A. Neimeyer y G. J. (Eds.), Casos de terapia de constructos personales (pp.17-33). Bilbao,  España: Editorial Desclée de Brouwer, S.A.
Prada, J. R. (1994). Terapia a su alcance: Psicología y profesiones. Bogotá, D.C.: San Pablo. 
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