LA PAZ: NI EL EDÉN NI ARMAGEDÓN

 P. Raúl Ortiz Toro, Profesor del Seminario Mayor san José de Popayán

“En el medio está la virtud” reza un adagio latino antiguo. Y es verdad, los extremos nunca han sido fuente de sensatez y eso lo podemos percibir en la coyuntura actual nacional. Por una parte, los ánimos exacerbados que ven llegar el Apocalipsis con los acuerdos de la Habana: “Que se le va a entregar el país a la guerrilla”, que “se acabó el Estado de derecho”, que “ser malo paga”. Por otra parte, los románticos de la paz señalan con triunfalismo que llegó el Paraíso, el fin de la guerra, el restablecimiento de la Colombia soñada. Ni lo uno, ni lo otro. Ni el Edén ni Armagedón. Más bien, lo que ahora se nos viene es todo un desafío: lograr que los acuerdos se cumplan, sentar a dialogar a los demás actores del conflicto, encausar a los colombianos y a las familias en la ruta de la reconciliación y del perdón que pasa por el respeto de los demás, por la tolerancia y el reconocimiento de los derechos; una ruta que debe vincular los planes específicos de desarrollo y, por ello, el trabajo conjunto para erradicar la corrupción.

Me gusta decir que la mejor mesa de negociaciones de paz es el comedor de la casa. Porque mientras esperemos que la paz nos llegue impuesta como consecuencia de la firma de un tratado o de un acuerdo siempre será inalcanzable. La paz se construye en el diálogo de una familia que sabe sentarse a enfrentar sus problemas con paciencia, sabiendo escuchar al otro, abrazándose si hay que perdonar, apoyándose si hay que curar alguna herida. No es mentira que hayamos llegado a este punto de la guerra debido al resquebrajamiento de la Familia aunado a la fractura del Estado, tan saqueado por intereses personales de los gobernantes; todos los gobiernos nacionales y locales tienen su cuota de participación en el conflicto cuando no fueron lo suficientemente comprometidos por erradicar la pobreza y la desigualdad. La violencia nace del hambre, por una parte, pero también de la ambición. La violencia es un plato frío en la mesa del rico y el pobre que creen que destruyendo al otro se sacian así mismos quedando aún más vacíos. 
Los retos nacen ahora. La Iglesia está comprometida con la paz desde siempre, porque también ella ha puesto su cuota de víctimas; no solo porque haya habido en este conflicto dos obispos, decenas de sacerdotes, religiosas y seminaristas muertos, sino porque los millones de víctimas, salvo unos pocos, en verdad pocos, eran bautizados en la Iglesia Católica. El guerrillero, el soldado, el campesino, el magistrado, el juez, el activista, etc. Y también porque, salvo unos cuantos, los que siguen en pie de lucha o de postconflicto (tanto excombatientes como dirigentes del gobierno) son hijos de la Iglesia Católica que olvidaron su compromiso bautismal y lo que es ser cristianos en verdad. Y en esto, con humildad debemos aceptarlo, nos cabe una buena parte de responsabilidad a la Iglesia jerárquica, incluidos los sacerdotes y agentes de pastoral si no hemos trabajado con denuedo por erradicar las estructuras de pecado (desde la gran corrupción hasta la pequeña ira y envidia) que esclavizan al hombre en su círculo de violencia.
Que en esta coyuntura nacional no nos enceguezca el odio, disfrazado de falsa justicia, ni la ingenuidad, disfrazada de falsa misericordia. Que haya verdad, justicia, reparación y compromisos de no repetición. Que haya compromisos serios por erradicar la corrupción, por invertir en el desarrollo del país. Que haya tareas sensatas en el hogar, en el colegio, en la comunidad, para saber solucionar los conflictos domésticos, escolares y sociales con asertividad. Pero, sobre todo, que haya empeño en cada uno de nosotros, porque la paz no es una firma, ni un fusil acabando con el otro, la paz es un estado del alma.
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.