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Pbro. Raúl Ortiz Toro

Nos estamos quedando cortos en la celebración de los diez primeros años de la V Conferencia Episcopal Latinoamericana llevada a cabo en Aparecida, Brasil, en mayo de 2007. Por celebración no entiendo una reunión o congregación multitudinaria de ningún tipo, aunque pueda ser necesaria para visibilizar el acontecimiento como lo fue, por ejemplo, el Encuentro Nacional de Iniciación Cristiana que organizó el Centro Pastoral para la Evangelización y la Fe de la CEC en días pasados. Me refiero, más bien, a que nos hemos quedado cortos en la vivencia del espíritu de conversión pastoral que debe acompañar nuestra acción apostólica y que aún nos cuesta trabajo asumir del todo.

En primer lugar, Aparecida es un documento sobre un modo concreto de actividad pastoral que toca el nervio de la evangelización en América Latina: la renovación estructural y pedagógica de la misión. “Discípulos misioneros” es un lugar teológico con cara de evidencia y desafío y es un buen resumen del reto asumido. Por ello, puede ser que me equivoque, pero me aventuro a pensar que el numeral central de Aparecida es el 226 en el que los obispos nos piden implementar y/o reforzar cuatro ejes en la Iglesia: Experiencia religiosa, Vivencia comunitaria, Formación bíblico-doctrinal y Compromiso misionero de toda la comunidad.

Me gustaría saber que las Iglesias Particulares (arquidiócesis, diócesis, vicariatos y prefecturas) de América Latina, al finalizar este año, implementaron un sistema concienzudo y verídico de evaluación en torno a estos cuatro ejes. Porque una década es un periodo sensato para haber implementado y empezar a ver realizado un programa como el propuesto por Aparecida. No nos pase lo del párroco que no comienza actividad pastoral decidida durante el primer año porque “está conociendo la realidad”. El tiempo pasa y cuando ya siente conocerla está ad portas del traslado. Nos hace falta una evaluación concienzuda que parta desde la parroquia como “comunidad de comunidades” en torno a estos cuatro ejes: que nos digamos la verdad si hemos hecho lo suficiente: ¿Qué hemos hecho y estamos haciendo para ofrecer a los fieles un verdadero encuentro con Jesucristo? (y su consiguiente pregunta: ¿Los sacerdotes ya tuvimos un encuentro decidido y personal con Jesucristo?).

Segundo, ¿los procesos de Nueva Evangelización han sido efectivos? ¿Cómo se nota esa efectividad en la vida parroquial? ¿Cuántas pequeñas comunidades han nacido, crecido y muerto? (El gran reto es evitar la pastoral cosmética donde solo aparecen parroquias perfectas con innumerables cifras: ¡Veinte comunidades! ¿De cuántos integrantes cada una? ¡Dos!). La sensatez nos debe llevar a reconocer que estamos viviendo una desaceleración de los ritmos, el entusiasmo y la participación en los procesos de Nueva Evangelización (¿Podría llamarse una crisis de los sistemas?): ¿Qué ha pasado? ¿Hemos evaluado ese fenómeno?

Tercero, ¿Me intereso, como laico, en la formación bíblico-doctrinal? ¿Me comprometo, como sacerdote, en la formación de mis fieles? Y cabrían muchas más preguntas desde la preparación de la homilía hasta el papel de la Palabra de Dios en los procesos de conversión y la solidez doctrinal del laico y del sacerdote. Y, finalmente, cuarto eje: ¿Mi tarea misionera es proselitismo? ¿Es testimonio? ¿Es convicción de la comunicación de un estilo de vida renovado?

Auguro que Aparecida no esté desaparecida en los planes de pastoral efectivos de cada parroquia y diócesis. Subrayo “efectivos”, porque en los planes “teóricos” tenemos hermosos tratados de cómo hacer las cosas, pero en la realidad práctica, vuelvo y repito, nos hemos quedado cortos.

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