×

Error

There was a problem loading image monse%C3%B1or%2001.jpg

There was a problem loading image Corpus%20cristi%2001(1).jpg

There was a problem loading image papa%20Francisco%2002.jpg

“Maridos: amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y

 se entregó a sí mismo por ella” (ver: Efesios 5, 21-24)

P. Eduar Andrade - Parroquia Santísima Trinidad de Santander de Quilichao

(Primera Parte)

 

Dios, que ha creado al hombre y la mujer por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. El amor mutuo entre un hombre y una mujer es imagen del amor de Dios. Este amor es bueno a los ojos del creador y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación.

Amor Conyugal:

En primer lugar hay que decir que el matrimonio se trata de una experiencia humana, absolutamente natural que no exige ni cultura, ni fe religiosa. El matrimonio en cuanto vinculación de la pareja es un hecho común en todas las culturas, pero en cuanto realidad social está sometida a las influencia de los factores que configuran la vida de los pueblos, Se espera que la unión del hombre y la mujer obedezca a factores sentimentales, de atracción mutua y el deseo de tener hijos y formar una familia, pero éste depende de la posibilidad social de hacerlo, es decir, de los derechos y medios que la sociedad le da a los individuos para unirse y formar una familia. Así, el matrimonio y la familia pertenecen al sustrato cultural humano, son exponente privilegiado de la idiosincrasia de cada pueblo, de su historia, identidad, sentimientos, creencias y principios morales.  Si tomamos como referencia la obra Economía doméstica, atribuida a Aristóteles, ésta le concede a la familia una importancia primordial y le da un equivalente a una nación o Estado, el arte de gobernar. Planeta que las relaciones entre los esposos han de estar basadas en el respeto a la dignidad y a los derechos de cada uno en el cumplimiento que ambos tienen en el hogar a partir de la estima, la armonía de mente y corazón entre ambos. De este modo la fidelidad entre los esposos es reconocida como un deber moral que es sancionado por las leyes civiles y religiosas con mayor o menos severidad, aunque en la práctica haya estado más viciada hacia la sanción de la infidelidad de la mujer. Esto significa también que hay una dimensión social del matrimonio y es que el pacto tiene alcance no sólo en la relación de las parejas, sino con los demás miembros de la sociedad. El matrimonio generalmente se celebra públicamente lo que significa que la sociedad lo reconoce y lo regula para cuidarlo.

En nuestras sociedades hemos heredado el matrimonio reconocido por las leyes griegas y romanas que son el matrimonio monógamo, construido mediante el consentimiento de los contrayentes en orden a formar un matrimonio y una familia con costumbres y tradiciones muy similares a las antiguas. La fuerza moral, social y jurídica de este modelo está basado en el valor del consentimiento de los esposos. La iglesia partiendo del Evangelio insistirá desde los primeros siglos en el carácter sagrado e indisoluble de la unión matrimonial y en los deberes de los esposos de amarse y respetarse.

Del Matrimonio natural al Sacramento del Matrimonio:

Lo que hizo Cristo fue “convertir” el matrimonio (de los bautizados) en una acción sagrada. “El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó”. La Iglesia enseña que “En efecto, mediante el bautismo, el hombre y la mujer son insertados definitivamente en la Nueva y Eterna Alianza, en la Alianza esponsal de Cristo con la Iglesia. Y debido a esta inserción indestructible, la comunidad íntima de vida y de amor conyugal, fundada por el Creador (Gn 2,24.) es elevada y asumida en la caridad esponsal de Cristo, sostenida y enriquecida por su fuerza redentora” (Ef 5,25). La vocación al matrimonio es un testimonio del amor de Dios en la vida familiar, a unir al esposo y la esposa inseparablemente en la misión del amor, y a generar desde este amor algo nuevo”. El matrimonio cristiano es una invitación a imitar, y conocer, y compartir la alegre libertad del amor de Dios, un eco de la Santísima Trinidad.  ¿Cuál es el signo o señal sensible del Sacramento? Jesucristo se limitó a tomar como signo del sacramento, el signo del matrimonio natural, que es un signo de donación y aceptación mutua de los novios. En esencia, es la manifestación de la mutua donación y aceptación de los novios para vivir maritalmente.

La gracia sacramental del matrimonio:

La gracia del matrimonio consiste en dar a los esposos la fuerza requerida para marchar siempre hacia adelante y para amarse más cada vez. Gracia de Unión. Jesús dice “Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19, 6). Aquí es donde la “irrevocabilidad” del amor humano encuentra su más fuerte fundamento. Gracia de Indisolubilidad, porque su unión es a imagen de la de Cristo con su Iglesia, el Señor lo ha afirmado con energía “... y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). El amor humano, una vez dado, queda unido por Dios para toda la vida. Gracia de Fidelidad, o gracia de exclusividad en el amor (Leer Mt 5,27-28). Gracia de Caridad. Cristo aporta a los esposos una gracia de caridad que se expresa en unas posibilidades estupendas de olvido de sí y de generosidad, en definitiva, se está pronto al sacrificio por el ser amado. “No hay mayor prueba de amor que dar su vida por los que uno ama” (Jn 15,13)”.

¿Existen condiciones para que el sacramento sea válido, es decir que exista?:

El mínimo de cooperación humana necesario para recibir el sacramento es que los contrayentes tengan voluntad, es decir, que quieran libremente unirse como marido y mujer, en forma exclusiva y perpetua. ¿Existen condiciones para recibir la gracia del sacramento? La gracia no caerá de pronto sobre la pareja, en el momento del “SÍ”, por eso, no sólo la validez, sino también la eficacia del sacramento, dependen de la colaboración del hombre. La gracia no sustituye la actividad humana, lo que hace es perfeccionarla y darle un valor sobrenatural.  La gracia sacramental fortalece el amor, pero también lo exige; la gracia sacramental puede cristalizar el amor que liga a dos seres, puede fortalecerlo, pero no podría suplirlo. La gracia del matrimonio exige de los esposos voluntad de amor recíproco.

Dimensiones del Amor Conyugal

El amor conyugal es un amor plenamente humano, sensible y espiritual al mismo tiempo; un amor total, fiel y exclusivo hasta la muerte y, además, un amor fecundo, que no se agota en la comunión de los esposos, sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas (Humane Vitae). No se ama algo, sino a alguien. El amor, si es auténtico, mira a toda la persona y a todo en la persona: cuerpo y alma, con virtudes y defectos, coincidencias y divergencias. El buen amor, el amor plenamente humano, es un amor de todo el ser humano, en sus tres dimensiones: física, afectiva y espiritual.

1. El Amor Físico. En el matrimonio tiene una posición adecuada la dimensión del amor físico, porque solamente en él alcanza el sexo su integridad natural, unido como está a los demás elementos del amor humano. El amor físico, en cierto modo, término del amor afectivo, no sólo es lícito sino también noble y bueno, necesario para la unión perfecta de los cónyuges; y expresión de la entrega total, de la que se elimina toda reserva y egoísmo. En este ámbito se sitúa mejor la sexualidad humana considerada como algo eminentemente positivo, enriquecedora de la conducta en los esposos y canal de una gracia divina que santifica su unión. 2. Amor Emocional. La convivencia de los esposos está basada normalmente en una comunidad afectiva, con detalles amables que hacen del hogar un sitio de paz duradera, de felicidad y de alegría. El corazón humano necesita sentirse querido, estimado. Es necesario saber querer, saber expresar amor, y para ello debe tenerse presente dos elementos del amor: delicadeza en el trato, y olvido de sí mismo. Delicadeza en el trato, una caricia, un regalo, una llamada oportuna, una palabra de estímulo, de disculpa, de perdón, delicadeza es un hondo respeto, casi veneración que debe mostrarse a cada instante; es esmero, es cuidado, es cortesía sin servilismo; una atención diligente en las relaciones mutuas. Es penetración de espíritu, sensibilidad, confianza y sencillez; ánimo de servicio, sin oficiosidad; pudor y modestia, sin mojigatería.  3. Amor Espiritual. Si se quiere ser feliz y hacer feliz, cada uno de los esposos debe esforzarse por dar acogida a los ideales del otro, para formar con ellos un tesoro común. Esta tercera dimensión del amor matrimonial es la que lleva a la comprensión mutua, a la integración de la inteligencia y voluntad en la unidad de ideales, la aceptación de los mismos principios que han de guiar sus vidas.   4. Amor Sobrenatural. Es el amor de Dios el punto definitivo para proporcionar a los esposos un instrumento de unidad. La caridad sobrenatural dirige las relaciones de esposos para apoyarse el uno en el otro, a sacrificarse juntos, a marchar siempre unidos por la vida. Quienes se casan inician juntos una vida nueva que han de andar en compañía de Dios.


Artículo tomado de: AGUDELO GRAJALES, Diego y ANDRADE ROJAS, Edwar, Texto para una Pastoral Familiar. Talleres para el acompañamiento. Grupo de Investigación De Humanitate. Pontificia Universidad Javeriana. Sello editorial javeriano, 2016. Textos trabajados con líderes y parejas de la Parroquia Santísima Trinidad – Santander de Quilichao – Cauca. Arquidiócesis de Popayán.