5       La  Iglesia existe para evangelizar. Fue convocada y enviada por Cristo para continuar su obra salvadora (Cf Mc 16,15-16). San Pablo se cuestiona con vigor sobre esa responsabilidad: “Porque, si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí, si no evangelizara!” (1Co 9,16).Por tanto, frente a un mundo descristianizado, indiferente y alejado de Dios, la evangelización se nos presenta como la tarea fundamental que tenemos que asumir como Iglesia.

6       El Concilio Vaticano II en varios de sus documentos (LG, CD, PO, PC, AA) pero sobretodo  en el Decreto Ad Gentes, sobre la acción misionera de la Iglesia, nos ha recordado la urgencia de una evangelización, que llegue a todas las gentes y que esté centrada en el anuncio del Kerigma (cf. AG 13).

7       En el año 1975, el Papa Pablo VI en su histórica exhortación Apostólica post-sinodal Evangelii Nuntiandi, sobre la Evangelización en el mundo actual, apoyado en los aportes de la asamblea de los padres sinodales, ratificaba: “Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia”; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (cf.EN 14).

8       Desde el inicio de su pontificado, siguiendo el llamamiento de su predecesor Pablo VI, el Papa Juan Pablo II estuvo empeñado en unir las fuerzas de todos los miembros de la Iglesia para lanzarlos a la gran tarea de una nueva evangelización, «nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión». Y fue precisamente en su visita a Santo Domingo, en el año 1992, y dentro de las conmemoraciones de los 500 años de la primera evangelización, que lanzó con más fuerza el reto: «Si a partir de la Evangelii nuntiandi -decía él- se repite la expresión Nueva Evangelización, eso es solamente en el sentido de los nuevos retos que el mundo contemporáneo plantea a la misión de la Iglesia».  Afirmaba asimismo que «hay que estudiar a fondo en qué consiste esta Nueva Evangelización, ver su alcance, su contenido doctrinal e implicaciones pastorales; determinar los “métodos” más apropiados para los tiempos en que vivimos; buscar una “expresión” que la acerque más a la vida y a las necesidades de los hombres de hoy, sin que por ello pierda nada de su autenticidad y fidelidad a la doctrina de Jesús y a la tradición de la Iglesia».

9       El Papa Juan Pablo II tenía una profunda convicción del lugar primordial que toca a todos los fieles cristianos en esa tarea. Nadie puede sentirse excluido, nadie puede pensar que el apostolado es tarea exclusiva de los sacerdotes, consagrados o misioneros. El deseo de alentar a esta participación común de todos los bautizados en el apostolado de la Iglesia quedó plasmado en su Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici.

10     En 1979 en Puebla y en 1992 en Santo Domingo, la Iglesia latinoamericana, en sus Asambleas Plenarias del Episcopado, recogió los planteamientos del  Papa, y puso a toda la Iglesia a cuestionarse sobre la urgencia de la Nueva Evangelización.

11     La V Conferencia del Episcopado latinoamericano y del Caribe en Aparecida, Brasil, convocada por el Papa Benedicto XVI, ratificó una vez más la opción de la Iglesia Latinoamericana, en este momento apremiante para la sociedad actual. Nuestros Obispos nos recuerdan que “el proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre. Por eso, pide a sus discípulos: “¡Proclamen que está llegando el Reino de los cielos!” (Mt 10, 7). Se trata del Reino de la vida. Porque la propuesta de Jesucristo a nuestros pueblos, el contenido fundamental de esta misión, es la oferta de una vida plena para todos” (DA 361).

12     Por lo tanto, nuestros pastores nos invitan a “asumir el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza. Por eso, se volverá imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atractivo testimonio de unidad “para que el mundo crea” (Jn 17, 21)(DA 362).

13     El reto de la V Conferencia de Aparecida, es hacer de los cristianos de América latina, verdaderos discípulos-misioneros de Jesucristo, comprometidos en la construcción de auténticas comunidades evangelizadas y evangelizadoras, que luchen por instaurar el reino de la vida, y contribuyan a una transformación radical de la Iglesia y el mundo.

14     Por otra parte en el año 2012 se celebró en Roma la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema: “La  nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” Es bien claro el mensaje de los Obispos reunidos con el Papa, cuando presenta la Nueva Evangelización como encuentro y obra del “Espíritu” al describir, a partir del momento que estamos viviendo en nuestra tierra e historia, la Nueva Evangelización como un encuentro con Jesucristo “hoy” que tiene en el Espíritu Santo –el Espíritu del Señor- su principal actor y protagonista. Al mismo tiempo, caracteriza la nueva Evangelización como la misión que brota de la contemplación. “La Iglesia es el espacio ofrecido por Cristo para este encuentro” (M, 3); ella manifiesta –sobre todo en sus celebraciones litúrgicas- que es obra de Dios; ella “hace visible en sus palabras y gestos el Evangelio” (M,3). De aquí deriva la necesidad de que las comunidades eclesiales sean acogedoras, espacios en donde todos se encuentren “como en casa”. Hay que multiplicar y hacer accesibles a los seres humanos de hoy los pozos en los cuales sean invitados a saciar su sed, a experimentar un oasis en los desiertos de la vida, a encontrarse con Jesús; conviene inspirarse en el diálogo de Jesús con la samaritana.

15     El Papa Francisco, en múltiples ocasiones nos ha invitado a  proyectar la Iglesia hacia los más alejados e indiferentes. En su Mensaje para el Domund 2013 nos ha dicho que “el anuncio del Evangelio es parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia. “El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial” (cf. VD 95). Toda comunidad es “adulta”, cuando profesa la fe, la celebra con alegría en la liturgia, vive la caridad y proclama la Palabra de Dios sin descanso, saliendo del propio ambiente para llevarla también a las “periferia”, especialmente a aquellas que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo.” (Francisco, Mensaje Domund 2013).