Historia

POPAYÁN: RELIGIÓN, ARTE y CULTURA

PRÓLOGO

La historia de la iglesia en Popayán y en el Cauca entremezcla sus páginas con la historia de la ciudad y de los pueblos. La fundación de Popayán tiene como acto central la celebración de la Santa Misa y en la historia de la fundación de muchos pueblos aparece como fundador el nombre de un sacerdote.

Apenas transcurridos 9 años de la fundación de la ciudad, en 1537, ésta fue erigida en Sede Episcopal, constituyéndose así una de las primeras sedes episcopales mediterráneas en América. La casi simultaneidad del nacimiento de la ciudad y su elevación a sede diocesana se constituye como en origen de esa serie de manifestaciones culturales que tienen como inspiración la fe religiosa del pueblo payanés; en 1546 el Papa Pablo III crea la diócesis y nombra al Presbítero Juan del Valle, natural de Segovia (España) como primero Obispo. Desde este acontecimiento, a modo de piedra basilar, empieza a desarrollarse toda una sucesión de acontecimientos históricos y de creaciones culturales.

En 1548 el primer Obispo hace su entrada a la población que llevaba escasamente 11 años de fundada y si alguna preocupación tuvo este Obispo, considerado como uno de los adalides de la defensa de los derechos humanos, fue la de defender a los indígenas, en su dignidad de personas humanas, de los excesos de los españoles que recibían las encomiendas de indios, y realizar su evangelización sin atropellarlos; por eso podemos presentar al Obispo Juan del Valle como un adalid de la inculturación de la fe católica en las tribus aborígenes que hacían parte de la naciente diócesis.

Dadas las circunstancias que se vivían y la dependencia de España, se entabló de inmediato una relación estrecha entre el Obispado y la Corona Española; de la década de 1550 a 1560 datan los primeros documentos del Archivo Histórico Eclesiástico de Popayán, que son como el punto de partida de toda una gesta cultural religiosa de la ciudad y de la Diócesis.

El hecho mismo de que ya desde esa época se hubiera iniciado la recopilación de documentos, indica la seriedad con que se asumía todo lo relativo a la administración religiosa como expresión cultural de un pueblo; juntamente con la iniciación del Archivo a mediados del Siglo XVI, se inicia también el esfuerzo por dotar a la ciudad y a la comunidad de lugares de culto; es muy explicable que de esa primera época no quede ninguno de los lugares de culto que se remonte al siglo XVI. Ya en el siglo XVII empieza la construcción de los primeros templos en ladrillo y calicanto, entre ellos la segunda catedral que sucedió a la catedral pajiza; de esa segunda catedral subsiste aún la denominada Torre del Reloj o campanile de la Catedral, monumento quizás de los más antiguos y venerados de la ciudad, construida en la segunda mitad del siglo XVII entre 1673 y 1682. En la Curia Arzobispal se encuentra la placa de plomo que fue colocada con la primera piedra que recuerda el acontecimiento datado el 30 de mayo de 1673. Del mismo siglo tenemos como expresión de los monumentos religiosos la Iglesia denominada Ermita de Jesús Nazareno que se remonta a 1612 y la traída de España y de Italia de las primeras imágenes religiosas que se conservan en Popayán.

Muy justo es que hablemos de dos realidades y un espíritu. Esas dos realidades son los documentos y el arte religioso. La Diócesis de Popayán tuvo desde siempre tradición artística; miremos, por ejemplo, la majestuosidad de las obras que se conservan en el Museo Arquidiocesano de Arte Religioso, rico en orfebrería, en pintura, en tallas de madera, en tantas formas de expresión del espíritu religioso-cristiano de sus gentes, animadas siempre por la presencia de un Obispo que ejercía su ministerio para una feligresía que se extendía en un territorio que constituyó, más o menos, una tercera parte de la actual República de Colombia.

Esta obra es historia y homenaje a la Iglesia de Popayán, aquí llegó y se quedó la buena semilla del Evangelio; la iglesia católica se implantó y ha dado muchos frutos y los seguirá dando, pues está en pleno florecimiento.

Que la Virgen Santísima, Nuestra Señora de la Asunción, siga ayudando y protegiendo siempre como Madre bondadosa y solícita a sus hijos. Imploro para todos la bendición del Señor.

+ Iván Antonio Marín López
Arzobispo de Popayán

OBISPOS

La Diócesis de Popayán fue creada por el Papa Pablo III el 1 de septiembre de 1546 y elevada a la categoría de Arquidiócesis por el Papa León XIII el 20 de junio de 1900. En aquel entonces era obispo Manuel José Caicedo Martínez quien continuó como su primer arzobispo.

Fuente: Archivo Secreto Vaticano (ASV), Bulas Pontificias.

Nota: El clérigo Pedro Álvarez y Morales fue elegido por el rey de España como obispo número 22 de Popayán en 1810 pero nunca recibió las bulas pontificias y, por consiguiente, tampoco la consagración episcopal; por lo tanto, no tuvo sucesión apostólica.

El ilustrísimo señor don fray Ambrosio Vallejo, nacido en Madrid (España), 1565,  hijo legítimo de don Gregorio Vallejo y de doña Isabel Mejía. Tomó el hábito de religioso carmelita en el convento de Madrid; profesó en 25 de enero de 1581 en manos del prior y maestro fray Pedro de Rayuela; leyó artes y teología; fue prior de los conventos de Ávila, Valladolid, Medina del Campo y Madrid; provincial de Castilla.

Fue presentado para este obispado el 02.12.1619 – 10.02-1631.

Después: Obispo de Trujillo (Perú preconizado en Roma en 10 de diciembre -del mismo año por N. S. Papa Paulo V ) 

Murió en Trujillo, 29.10.1635

197.-El ilustrísimo señor doctor don Feliciano de la Vega y Padilla, americano, natural de Lima, hijo legítimo de don Francisco de Vega y dona Feliciana de Padilla. Fue uno de los sujetos más ilustrados y virtuosos del Perú, dando público testimonio de sus conocimientos científicos los innumerables discípulos que tuvo, quienes siempre se distinguieron en los puestos públicos que sirvieron; los virreyes, las Audiencias real y eclesiástica y todos los habitantes de tan dilatado reino.

El señor Vega fue en la Santa Iglesia de Lima canónigo doctoral y dignidad de Chantre, provisor del señor arzobispo don Bartolomé Lobo Guerrero, gobernador del arzobispado por el señor arzobispo don Fernando Arias Ugarte, comisario de la Cruzada y de la Inquisición, y consultor de los virreyes en los asuntos más arduos.

Estando de catedrático de prima y de cánones en la Universidad de Lima, fue presentado para el obispado de Popayán en 26 de mayo de 1631.

Con la cédula de presentación y antes de consagrarse, visitó toda su Diócesis para formar juicio acertado en su gobierno, dio en ella muchas limosnas, embelleció su catedral con altares y buenos retablos, fundó en ella dos memorias de misas, una para el 9 de junio, día de San Primo y San Feliciano, mártires, y otra para el 21 de diciembre, día de Santo Tomás, apóstol, ambas cantadas, cuya fundación sirve el venerable capitulo eclesiástico; donó muchos ornamentos a otras iglesias, empleando en todo esto veinte mil pesos, como él  mismo lo escribió a Lima. Convirtió y bautizó a algunos:, Chichimecos, indios bárbaros y estólidos.

Preconizado por el Papa Urbano VIII, fue consagrado en Lima por el Señor Arzobispo Arias Ugarte, asistiéndolo con mitras el deán don Pedro Muñiz y el doctor Velásquez, arcediano. Cuando algunos aseguran que el ilustrísimo señor Vega no vino a su obispado debe entenderse que fue como obispo consagrado, pues muy poco tiempo después que recibió la sagrada ordenación fue trasladado al obispado de La Paz, en 9 de marzo de- 1639, y acto continuo al arzobispado de México, en 22 de marzo del mismo año, a cuya silla no llegó porque, marchando de La Paz, desembarcó en el puerto de Acapulco, de donde mandó poderes para que se posesionasen de su sede, siguió su viaje, enfermó en el pueblo de Mazatlán, en donde murió tan aceleradamente, que no tuvo tiempo de arreglar su testamento. Su cadáver fue sepultado en la catedral de México y su sepulcro adornado con un epitafio tan elocuente como justo.

El ilustrísimo señor Vega escribió una excelente obra sobre exposición de las Decretales, obra celebrada por los literatos y muy particularmente por el doctor don Juan Solórzano, fiscal de la Audiencia de Lima, en su tratado de Política Indiana. Hizo muchas fundaciones piadosas en Lima. A sus sobrinas y hermanas les dejó ciento ochenta mil pesos para dotes de casadas y monjas, como escribe Gil González. en su Teatro, tomo 2°, página 72. Sus limosnas no tienen número.

De este virtuoso y sabio prelado dice el padre fray Buenaventura. Salinas, que de cuatro mil sentencias que dio, civiles y criminales, no se le revocó ninguna. Su memoria será siempre venerable en esta santa iglesia catedral

El ilustrísimo señor doctor don Diego de Montoya y Mendoza, natural de Mijancas, del obispado de Calahorra; hijo legítimo de don Diego de Montoya y de doña Catalina de Mendoza; nació el 23 de julio de 1593; cursó gramática en el Colegio de Vergara, de la Compañía de Jesús; en Salamanca, artes y teología; vistió la beca en el Colegio de Santa Catalina de Huesca, otros dicen de Osma; se graduó de doctor en Ávila; obtuvo en propiedad un curato en el arzobispado de Toledo, el que dejó para pasar al Colegio del arzobispado de Salamanca, en el que vistió su hábito en 1623.

En esa Universidad regentó la cátedra de artes. Fue canónigo magistral de Coria en 1628. Estando en Madrid en la congregación del quinquenio, don Felipe IV lo presentó para el obispado de Popayán, en 1633; lo preconizó el Papa Urbano VIII y tomó posesión de este obispado por procurador en 20 de noviembre de 1634; lo consagró en Quito su obispo don fray Pedro de Oviedo, de la Orden de Santo Domingo, el 27 de diciembre de 1634, asistiendo el deán Quinas y el arcediano Miguel Sánchez Sormezón.

Celebró su primera misa pontifical el 19 de enero de 1635 en la iglesia de la Compañía de Jesús de Quito. Como obispo predicó el sermón el día 2 de febrero en la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen, en la catedral. Vino a su obispado y redujo a la fe católica a los indios Chocoes y Noanamaes, en 1637, por medio de su hermano don Francisco Montoya y don Ventura Montoya, su primo. Poblaron un lugar que le dieron el nombre de Sed de Cristo, pero con su promoción al obispado de Trujillo quedó la nueva población en manos codiciosas y se concluyó, porque los indios infieles la invadieron y acabaron con ella.

Fue promovido al obispado de Trujillo y tomó posesión de esta Diócesis en 1639. Gastó en limosnas más de veinte mil pesos; edificó a su nueva grey con sus virtudes, ejemplos, y con la predicación, porque era un elocuente orador. Murió sumamente pobre en 14 de abril de 1640 en la doctrina de Cassas, electo ya obispo del Cuzco. De Cassas fue llevado su cadáver a Trujillo y se le hicieron magnificas exequias, en las que pronunció la oración fúnebre el doctor don Pedro Reina Maldonado, canónigo de Trujillo. Fue sepultado en la capilla del arcediano don Matías Cervantes.

El señor Alcedo en su Diccionario pone en este lugar al doctor don fray Gonzalo de Lara, de la Orden de la Merced, pero como no admitió, no lo incluimos en esta Cronología.

El ilustrísimo señor don Fray Francisco de la Serna y Rimaga Salazar, de la Orden de San Agustín, americano, natural de León de Huánuco, en el Perú. Hijo legítimo de don José de la Serna y de doña Emiliana de la Rimaga y Salazar; tomó el hábito de su religión en el convento de Lima de 22 años, cuando era cursante de cañones y leyes; profesó en manos de fray Alonso Pacheco, cursó artes y teología, leyó latinidad y retórica y en su religión, teología, cuatro años; fue definidor de su provincia, calificador del Santo Oficio y dos veces provincial de su Orden; lector de la cátedra de prima en la Universidad de San Marcos, de Lima; regentó cuatro años la cátedra de nona y la de vísperas.

Don Felipe IV lo presentó para el obispado del Paraguay en 17 de agosto de 1635; fue promovido a esta Diócesis en 25 de agosto de 1637 por N. S. P. Urbano VIII; tomó posesión de este obispado en virtud del poder que le dio al señor arcediano don Antonio Ve1ez de Zúniga desde el pueblo del Pescado, en 6 de agosto de 1640, y prestó el juramento ante este ilustre Ayuntamiento en diciembre del mismo año, como consta del libro de sus acuerdos.

El señor Serna recibió la consagración en la catedral de Lima, de manos del ilustrísimo señor don Fernando Arias Ugarte, asistiendo el señor arcediano doctor don Bartolomé Benavides y don Pedro de Ortega Sotomayor, maestrescuela de esa catedral. No llegó a posesionarse del obispado del Paraguay, pues cuando emprendió su marcha recibió la real cédula y bulas que lo trasladaban al obispado de Popayán (1). En esta ciudad fundó el Colegio Real Seminario, dedicándolo a San Francisco de Asís, en el año de 1642, y no en el de 1637, porque en este año fue presentado para esta mitra, en el mes de agosto, y él no vino a esta ciudad hasta diciembre de 1640 (véase la nota del número 52). Fue promovido al obispado de La Paz en 1645, y a su paso por Quito murió, en 1647. Fue sepultado en la iglesia de su convento de San Agustín, en costoso sepulcro, dicen Flórez de Ocariz y Gil González. (“Teatro de Chile”, tomo 2°, p. 93.)

El ilustrísimo señor don Vasco Jacinto de Contreras, americano, oriundo de Lima, chantre en esa Iglesia Metropolitana y deán de la catedral del Cuzco. Hizo su carrera literaria en la Universidad de San Marcos, de Lima. Fue presentado para este obispado en 22 de octubre de 1657, preconizado en Roma en 14 de marzo de 1658 por N. S. P. Alejandro VII y consagrado en Lima el 8 de diciembre del mismo año por el ilustrísimo señor arzobispo don Pedro Díaz Gómez. Tomó posesión de este obispado en 3 de marzo de 1659. Fue promovido al obispado de Guamanga; pero murió en Lima antes de posesionarse de su nueva Diócesis. Este piadoso prelado hizo exhumar, en 1661, y colocar en decente lugar los restos de los ilustrísimos señores doctor don Juan de la Roca, cuarto obispo de esta Diócesis, y don fray Juan González de Mendoza, quinto. Permanecieron allí en unión de los del ilustrísimo señor don Juan del Valle, primer obispo, en el lugar en que los había hecho colocar el céfiro doctor don José Prieto de Tobar, deán de esta catedral, en donde permanecieron hasta el 6 de junio de 1786, en que el venerable capitulo los hizo trasladar, y celebrando unas solemnes exequias, fueron depositados en las bóvedas de la iglesia de la Compañía, que hoy sirve de catedral, en donde permanecen unidos con los de los ilustrísimos señores obispos Obregón, Velarde, Padilla, Cuero y Torres, que allí reposan.

El ilustrísimo señor doctor don Melchor Liñán y Cisneros, presidente y capitán general del Nuevo Reino de Granada. Visitador nombrado para residenciar al presidente don Diego de Villalba y a los oidores, en 1671. Era obispo de Santa Marta y fue presentado para este obispado en 22 de junio de 1666 y preconizado en Roma el 16 de enero de 1667 por N. S. Papa Clemente X. Tomó posesión de esta silla en 24 de julio de 1667 y promovido al arzobispado de Charcas en 1671. Fue luego arzobispo de Lima y virrey del Perú

El ilustrísimo señor doctor don Cristóbal Bernaldo de Quirós, español, obispo de Chiapa, en el arzobispado de Guatemala, fue presentado para este obispado en 15 de septiembre de 1671 y preconizado en Roma en 16 de junio do 1672 por N. S. Padre Clemente X;

Tomó posesión de esta Diócesis en noviembre del mismo al-10, pues vino a esta ciudad a esperar las bulas de institución y murió aquí, en 11 de mayo de 1684. Sus restos fueron depositados al pie del altar de Nuestra Señora de la Concepción en un sepulcro que él mismo mandó construir, cubierto con una losa de granito, en la que hizo grabar un humilde y edificante epitafio, el que se conserva en la misma losa, aunque ilegible por haberlo borrado con cincel.

En el libro de acuerdos del cabildo secular hay uno de 18 de noviembre de 1682, en que consta haberse comisionado a dos de sus miembros para que a nombre de la corporación fueran a dar gracias al ilustrísimo señor Quirós por los bienes que había hecho en esta ciudad en los diez años que había gobernado su Diócesis, principalmente por las mejoras y adornos con que había embellecido esta iglesia catedral y por haber concluido la torre de la plaza mayor, en donde se colocaron las campanas (1), haciendo venir a su costa desde Santafé dos alarifes, por medio del presidente Concha, para que ejecutaran esta obra y que de todo se diera cuenta al rey para que premiara los méritos de tan virtuoso prelado. En esta torre, que aún hoy existe después de los terremotos de 2 de febrero de 1736, de 17 de noviembre de 1827 y otros que ha habido, está colocado el magnífico reloj público que en 1737 costearon los señores Tobar.

Desde 1684 en que murió el ilustrísimo señor Quirós, hasta el 11 de julio de 1785 en que murió el ilustrísimo señor Obregón, no ocurrió en estos ciento un años muerte de algún obispo en Popayán, porque los ocho prelados que gobernaron esta Iglesia en este periodo, todos fueron trasladados a otras Diócesis, como se verá en el compendio de la vida de cada uno.- Los restos del señor Quirós fueron hallados en su bóveda cuando se demolió la antigua catedral en 1784, y trasladados a las bóvedas de la iglesia de la Compañía en junio de 1786 (véase el número 199, al fin). El anillo con que fue sepultado el ilustrísimo señor Quirós, que era de una piedra azul montada en tumbaga, fue el mismo que se le puso al ilustrísimo señor Velarde para sepultarlo en 9 de julio de 1809, y cuando se abrió la bóveda para sepultar en ella el cadáver del ilustrísimo señor Padilla, en 16 de febrero de 1841, lo cambió el autor de estos apuntes por otro de mayor valor, y lo conserva como recuerdo de ambos venerables prelados.

El Ilmo. señor doctor don Pedro Díaz de Cienfuegos, hermano del eminentísimo señor Cardenal de Cienfuegos, de la Compañía de Jesús, fue presentado obispo de esta Diócesis en 17 de noviembre de 1686 y preconizado en Roma en 13 de agosto de 1687 por N. S. P. Inocencio XI.

Tomó posesión de este obispado en 28 de marzo de 1688, por procurador, y entró en esta ciudad en 3 de abril de 1689, por el páramo de Guanacas. Costeó y puso a sus expensas el órgano que sirve en el coro de esta iglesia catedral. Fue promovido a la iglesia catedral de Trujillo y dejó este obispado en 7 de septiembre de 1696.

El ilustrísimo señor don fray Mateo de Villafane y Panduro, religioso- carmelita calzado, fue presentado en Madrid para obispo de esta Diócesis en 30 de octubre de 1696 y preconizado en Roma en 30 de noviembre del mismo año por N. S. Padre Inocencio XII

Tomó posesión de este obispado en 2 de noviembre de 1699 por medio de su procurador, doctor don Miguel de Reza Montoya, deán de esta catedral. Fue consagrado en Santafé por el ilustrísimo señor don fray Ignacio de Urbina, monje jerónimo, en 1699, y fue promovido al obispado de La Paz en 13 de marzo de 1714 (1).

(1) El señor Groot en su historia citada, tomo  1°, página 352, asegura dos cosas: que el ilustrísimo señor Villafane murió de obispo de Popayán, y que por su muerte fue que el señor doctor don Francisco Javier Salazar y Betancourt, chantre de esta catedral y único capitular que había en el Coro, por fallecimiento de los demás, nombró de gobernador del obispado al doctor don José Ortiz (no Sánchez, como dice, sino Salinas), y para provisor al doctor don Pedro de Arboleda Salazar, y que estos dos nombrados ocurrieron al cabildo metropolitano para su confirmación. Tenemos a la vista el libro 3o de actas capitulares de este venerable cabildo, que da principio en 1° de septiembre de 1648 y termina en 22 de abril de 1728, el cual aclara estas aserciones.

El ilustrísimo señor Villafane no murió en Popayán sino que fue trasladado a la Diócesis de La Paz en 1713. A fojas 216 se halla original la nota que el ilustrísimo señor Villafane dirigió a este venerable capítulo desde Lima; en 18 de mayo de 1711; en ella le dice que desde el 2 de septiembre estaba recibido por gobernador de la Di6cesis de La Paz, que no había podido pasar a ese obispado por las muchas lluvias y crecientes de los ríos y había cesado en el gobierno del obispado de Popayán; que le transfería su gobierno y jurisdicción como lo había tenido, sin perjuicio de quedar propietario de esta Diócesis, y luego firma la nota, FRAY MATEO. obispo de Popayán, gobernador de La Paz. Por consiguiente, no falleció en esta Ciudad para que su muerte causara la sede vacante.

Asegura también en la misma página que el señor doctor don Francisco Javier Salazar y Betancourt, chantre dignidad de esta catedral, nombró de gobernador del obispado al doctor don José Ortiz Salinas, y de provisor al doctor don Pedro de Arboleda, quienes ocurrieron al cabildo metropolitano para su confirmación.

Murió el señor chantre, doctor Salazar y Betancourt, y fue sepultado en la iglesia de la Compañía el 4 de enero de 1715, según consta de la partida 5a del libro respectivo, fojas 12. En 5 de enero los dos nombrados leyeron todos los documentos relativos a estas elecciones a todo el clero reunido en el coro de la catedral, el que los aceptó y reconoció por sus legítimos prelados, nomine discrepante, dice la diligencia. Y el 9 del mismo mes, en el expresado Coro y ante el mismo clero, prestaron el juramento canónico: constan estos hechos en las diligencias originales que obran a fojas 217, 218 y 219 del libro citado, en las que se ven autógrafas las firmas del señor Salazar y Betancourt, del doctor don José Ortiz de Salinas, del doctor don Pedro de Arboleda Salazar y autorizado por el notario eclesiástico Pedro Ramírez Florián. Si fueron canónicamente nombrados por el único capitular existente y que tenía jurisdicción para ello; si todo el clero aceptó estos nombramientos sin oponer duda o dificultad alguna; si ambos elegidos prestaron el juramento y entraron en posesión.

El ilustrísimo señor doctor don Juan Gómez Nava y Frías, español, cura del pueblo de Móstoles, en el arzobispado de Toledo, fue presentado para obispo de esta Diócesis en 29 de agosto de 1714 y preconizado en Roma en 2 de noviembre del mismo año por N. S. P. Clemente XI.

Tomó posesión de este obispado en 25 de mayo de 1716, por medio de su procurador, doctor don Pedro de Arboleda, en virtud de poder que le confirió en la parroquia del Paicol, jurisdicción de Timaná, en 21 de los mismos mes y año. El señor chantre doctor Arboleda prestó el juramento de estilo ante el marqués de San Miguel de la Vega, alcalde ordinario más antiguo.

El ilustrísimo señor Frías fue trasladado al obispado de Quito, y en el punto del río Mayo firmó la nota que en despacho dirigió al cabildo, manifestándole haber aceptado la mitra de Quito, y que teniendo noticia cierta de haber llegado a esa ciudad las bulas de institución de su nueva Diócesis, y hallándose próximo a entrar en ella, dejaba el gobierno de este obispado y se lo transmitía. El despacho tiene fecha 8 de agosto de 1726 y se halla original a fojas 273 del libro citado.

1o-Algunos historiadores ponen en este lugar al señor doctor don Juan de Laiceca Alvarado, obispo de Tucumán, y antes de posesionarse de esa mitra fue promovido a este obispado en 1727, pero no vino.

 2°- Y el señor don fray Francisco de la Trinidad Arrieta, religioso de Santo Domingo, que fue promovido al obispado de Santa Marta, no vino a gobernar su Diócesis por haber fallecido antes de posesionarse de ella. Como ninguno vino a esta Diócesis, no se incluyen en esta Cronología.

El ilustrísimo señor doctor don Manuel Antonio Gómez de Silva, oriundo de Lima, deán de aquella Iglesia Metropolitana, fue presentado para el obispado de Cartagena por promoción del ilustrísimo señor don fray Juan Francisco Gómez Calleja; pero habiendo renunciado esta mitra, el rey lo presentó de nuevo para Cartagena y al señor Silva para Popayán, en 31 de marzo de 1727. Fue preconizado en Roma por N. S. Padre Benedicto XIII. El venerable cabildo de esta catedral tomó posesión de este obispado en 27 de mayo de 1729 a nombre del señor Silva, en virtud del poder que le había conferido en Lima a 2 de diciembre de 1728. Lo consagró el ilustrísimo señor arzobispo de Lima en 1729, y habiéndose embarcado en el puerto del Callao el 7 de septiembre de este año, naufragó con toda la familia que traía, cerca de Piura, en la noche del 29 de septiembre. Sacaron del mar algunos cadáveres y entre ellos se reconoció el del ilustrísimo señor obispo por las vestiduras moradas y el anillo de un rubí y diez diamantes que traía en el dedo. Este anillo se lo robó un ladrón, pero fue rescatado en Quito por el señor don Joaquín Sánchez Ramírez de Arellano, como espolio del prelado difunto (1). Posteriormente el venerable cabildo lo permutó con el mismo señor Sánchez por una pieza de brocado para ornamentos de la catedral.

El ilustrísimo señor don fray Diego Fermín de Vergara. Español, de la Orden de San Agustín, fue presentado en Sevilla en 13 de marzo de 1733 y preconizado en Roma por N. S. P. Clemente XII.

Tomó posesión personalmente de esta Diócesis en 1735 y fue promovido al arzobispado de Santafé de Bogotá en 24 de septiembre de 1740. A fojas 107 del libro IV de actas de este venerable capitulo se halla original la nota que el ilustrísimo señor Vergara pasó a este en 4 de junio de 1714, en que le manifiesta estar próximo a marchar a Santafé a servir ese arzobispado, y que, por tanto, le transfiere el gobierno y jurisdicción de esta Diócesis (2).

El ilustrísimo señor doctor don Francisco José de Figueredo y Victoria, oriundo de esta ciudad (algunos dicen que nació en Cali), cura y vicario de la parroquia de Roldanillo, maestrescuela dignidad de esta catedral en 20 de diciembre de 1730, fue presentado para esta mitra en 27 de septiembre de 1740 y preconizado por N. S. P. Benedicto XIV en Roma, a 1° de febrero de 1943. Tomó posesión de esta Diócesis en 27 de noviembre del mismo año por medio de su procurador, doctor don Carlos de Arboleda Salazar, arcediano: de este coro; fue promovido al arzobispado de Guatemala en 1752 (1) Se le tocó sede vacante el 9 de diciembre del mismo año a las doce del día y salió para Guatemala el 20 del mismo mes, enfermo como se hallaba. Esto consta en las fojas 206, 207 y 208 del libro IV capitular. Llegó a Guatemala, visitó toda su arquidiócesis, y a pesar de hallarse ciego en los últimos años de su gobierno, postrado de graves accidentes habituales, desempeñó con celo y actividad su apostólico ministerio.

Falleció en el año de 1766. El ilustrísimo señor Figueredo había nombrado su provisor y vicario general al señor doctor don Juan Nieto Polo del Águila, maestrescuela y chantre después en esta catedral (2) y sirvió este destino hasta mayo de 1743, cuando concurrió al último cabildo (fojas 141 del libro citado) en que se ausentó de esta ciudad para ir a recibir la consagración y servir el obispado de Santa Marta, para el que había sido presentado en 1743, en el mismo año en que fue preconizado el ilustrísimo señor Figueredo, de quien había sido vicario general en la Diócesis de Popayán.

El ilustrísimo señor doctor don Diego del Corro, natural de San Lucas de Barrameda, maestrescuela de la catedral de Lima. Fue preconizado en Roma por N. S. P. Benedicto XIV en 25 de abril de 1752. Tomó posesión de su obispado por medio de su procurador doctor don Andrés de Valencia, arcediano de este coro, en 25 de abril de 1753, y promovido al arzobispado de Lima en 1758, dejó este obispado en mayo de ese mismo año. Llevó consigo a Lima el oro y las esmeraldas que dieron don Jacinto de Mosquera y otras personas, y con un inteligente artista francés hizo construir y remitió a su costa a esta ciudad, en 1765, la magnífica custodia de la catedral (1).

El ilustrísimo señor doctor don Jerónimo Antonio de Obregón y Mena, oriundo de Lima, arcediano dignidad de la catedral de La Paz, preconizado en Roma por N. S. Padre Clemente XIII en 1758. Tomó posesión de este obispado en 20 de septiembre de 1759 por medio del muy venerable deán y cabildo de esta catedral, a quien confirió su poder para este acto. Entró a esta ciudad el 2 de octubre de 1761. Colocó la primera piedra de la iglesia de San Francisco, de Popayán, en 1776 (véase el número 83). Fundó tres mil pesos para la cátedra de moral del Seminario Conciliar; costeó las imágenes del patriarca San Francisco de Paula, que hizo traer de Nápoles, y lo colocó en el altar que le erigió en la iglesia del monasterio de la Encarnación, y la del magnífico San Pedro de Alcántara, obra española, que se halla colocada en un altar en la iglesia de San Francisco; adornó a una y otra imagen con ricos vestidos de terciopelo bordados de oro, uno en Italia y otro en España; dejó dos mil pesos para el culto de San Francisco y otros dos mil para el de San Pedro; hizo otra fundación para el doctor San Jerónimo en la iglesia del Carmen. Además, daba cuantiosas limosnas (1). (Véanse los números 91 y 158.)

Murió el ilustrísimo señor Obregón el 14 de julio de 1785, y el día de su muerte se sintió un fuerte temblor de tierra, de que hasta muchos años después se conservaba memoria, llamándolo el temblor del señor Obregón.

Fue sepultado en las bóvedas de la iglesia de la Compañía, que ya servía de catedral (véase el número 51, al fin). Sus restos se conservaron en la bóveda hasta el 9 de julio de 1809, en que se exhumaron para colocar en ella el cadáver del ilustrísimo señor don Ángel Velarde y Bustamante, que falleció el 6 de ese mes

El ilustrísimo señor don Ángel Velarde y Bustamante, natural de Quevedo, Diócesis de Santander (España), arcediano de Carrión, dignidad de la santa iglesia catedral de Palencia, fue presentado obispo de esta Diócesis en 5 de noviembre de 1788, preconizado en Roma por N. S. P. Pío VI, en diciembre del mismo año, y consagrado en Cartagena de Indias en 1° de mayo de 1789. Tomó posesión de su obispado en junio del mismo año, por medio de su procurador doctor don Francisco Antonio Boniche y Luna, mediorracionero de este coro.

Entró en esta ciudad en 6 de julio del mismo año e inmediatamente emprendió la santa visita, en la que empleó más de tres años, confirmando a más de cien mil personas. Comenzó a preparar materiales para edificar esta santa iglesia catedral; reedificó el Colegio Seminario, en el que gastó más de veinte mil pesos. El diseño de la nueva catedral lo trabajó don Antonio García, de orden corintio. Posteriormente se pidieron a Madrid nuevos diseños y planos, los que vinieron para una iglesia rotunda; costaron mil pesos en la Corte y fueron trabajados en la Academia de San Fernando. Pero el ilustrísimo señor Velarde dejó comenzado el Seminario sin dar principio a la obra de la catedral por algunas cuestiones que sobre patronato promovieron los gobernadores de esta provincia, don Pedro de Becaría y Espinosa y don Diego Antonio Nieto. Falleció el ilustrísimo señor Velarde casi de repente en esta ciudad, el 6 de julio de 1809, a las once de la mañana (1). Fue sepultado y se conservan sus venerables restos en la parte superior de la bóveda de los obispos, en el panteón de la iglesia de la Compañía que sirve de catedral, pero con el respeto a que es acreedora la memoria de tan ilustre prelado.

Fue muy celoso de la inmunidad eclesiástica y sumamente caritativo, pues empleaba la mayor parte de sus rentas en socorrer a los pobres; a las familias vergonzantes de esta ciudad les tenía señalada una cantidad mensual, que la daba personalmente por uno de los balcones de la casa episcopal, por la noche: bajaba un talego por una soga, allí se ponía la boleta que él había dado firmada, la reconocía, depositaba la cantidad señalada y la boleta, y haciéndola descender iba a las manos del que socorría, quien tomaba el dinero y la boleta para volver al mes siguiente. Así lo efectuaba con cada uno de los agraciados, sin que otra persona supiera lo que daba ni a qué horas. La muerte le impidió ejecutar sus deseos. Había renunciado la mitra y de sus ahorros había reunido diez y seis mil pesos, en mil onzas selladas, para tener recursos con qué vivir en el convento de benedictinos, adonde pensaba retirarse.

El ilustrísimo señor doctor don Salvador Jiménez de Enciso Cobos Padilla, clérigo español, natural de Málaga, canónigo de aquella iglesia catedral y uno de los prelados más ilustrados que ha tenido esta Diócesis. Vino muy joven al reino del Perú con el ilustrísimo señor don fray José Antonio de San Alberto, arzobispo de Charcas, en la república de Bolivia: estudió en esa Universidad, en la que recibió los grados de bachiller y maestro en filosofía, y de bachiller, licenciado y doctor en Sagrada Teología, derecho civil y canónico; abogado, recibido en la Real Audiencia de Charcas, cura en una de las parroquias de Potosí, en donde edificó una casa de ejercicios y asilo de mujeres recogidas.

Fue a España a incorporarse en el Colegio de Abogados de los Reales Consejos; hizo oposición a varias canonjías en San Isidro, de Madrid. Nombrado canónigo de la catedral de Málaga, su patria natal, fue a Madrid, y hallándose en  aquella ciudad fue presentado para el obispado de Popayán, en 14 de febrero de 1815; Comunicó su nombramiento a este venerable capítulo en Málaga, en 6 de diciembre del mismo año, y fue preconizado en Roma por N. S. P. Pío VII, en 13 de marzo de ese año.

En virtud de cedula especial recibió la consagración en el monasterio de las Salesas de Madrid, de manos del ilustrísimo señor obispo de Ceuta, don Esteban de Andrés, en 21 de julio de 1816. Tomó posesión de este obispado en 7 de mayo de 1818, por medio de su procurador el señor doctor don Manuel Mariano Urrutia y Quijano, canónigo magistral y tesorero electo de esta santa iglesia catedral, en virtud del poder amplio y general que le confirió el ilustrísimo señor Padilla en Madrid, a 6 de agosto de 1816. En septiembre comenzó a restablecer el Colegio Seminario, reedificando todo lo que las tropas de uno y otro partido político habían destruido cuando les sirvió de cuartel en los años anteriores a su venida a este obispado. Preparado todo abrió el Seminario el 18 de octubre con cuatro superiores: rector, vicerrector, ministro y director espiritual, con treinta colegiales. Este acto fue muy espléndido, porque después de diez años que a causa de la transformación política no había habido enseñanza alguna, se pusieron en ejercicio una cátedra de latinidad, una de filosofía y otra de teología moral. Se imprimió la relación de este solemne acto y un ejemplar fue colocado en la caja de lata en que con otros objetos y el tesoro fueron colocados cuando el mismo ilustrísimo prelado bendijo y colocó la primera piedra para la construcción de la nueva catedral, que él comenzó a edificar (véase el número 316), impreso que se halló intacto en agosto de 1856, cuando el ilustrísimo señor don Pedro Antonio Torres, 25° obispo de esta Diócesis, enterró y bendijo la primera piedra de la catedral que comenzó a edificar, de la que se hablara en el número 321 y siguientes. El ilustrísimo señor Padilla emprendió con mucho entusiasmo la construcción de la nueva catedral, bendijo el plano, enterró el tesoro y dos cimientos de las dos columnas delanteras, de cuatro que enterró el tesoro y dos cimientos de las dos columnas delanteras del cuatro que debían sostener el cimborio o media naranja de la nueva catedral; todo esto fue ejecutado con una función solemne en que pontificó y predicó el mismo ilustrísimo prelado el 30 de mayo de 1819, en una capilla que se construyó en el mismo plano de la iglesia que iba a construirse. Se concluyó el cimiento de una de las pilastras y el otro estaba por la mitad cuando se suspendieron los trabajos, porque siendo derrotado el ejército español en la 7 de agosto de 1819, y posteriormente los restos que llegaron de Bogotá en San Juanito, a inmediación de la ciudad de Buga, el ilustrísimo señor obispo, su secretario don Félix Liñán y Haro, su provisor, doctor José María Grueso y todos los superiores del Seminario emigraron a Pasto, y cuando regresó, la escasez de sus rentas y otras circunstancias no le permitieron continuar la obra. El ilustrísimo señor Padilla fue un prelado muy ilustrado, de gran corazón y muy versado en la predicación de la divina palabra. En los últimos años de su pontificado emprendió la construcción de la iglesia de Jimena, cuya parroquia fundó, siendo su primer cura párroco el presbítero Manuel Inocente Delgado y Fernández.

Tenía ya levantado todo el frente, las paredes y los arcos de las naves de muy buena construcción, trabajado todo por el alarife José Joaquín Álvarez  Ante, cuando le atacó la última enfermedad, de la que falleció en esta ciudad el sábado 13 de febrero de 1841, a la una del día. Fue sepultado el 15 en la bóveda de la iglesia de la Compañía, en donde permaneció hasta el 9 de agosto de 1851, en que se exhumó su cadáver para depositar en ella el del ilustrísimo señor doctor fray Fernando  Cuero y Caicedo. Sus venerables restos los colocó el autor de esta cronología en una arca de madera y con todo respeto junto a los de los ilustrísimos señores Obregón y Velarde, sobre la bóveda sepulcral (1). El ilustrísimo Señor Padilla consagró en Buga al ilustrísimo señor doctor José María Estévez, obispo de Santa Marta, en 1827; en Quito al ilustrísimo señor doctor Calixto Miranda y Suárez, obispo de Cuenca, en 1829; a los ilustrísimos señores don fray José Antonio Chávez, de la Orden de San Francisco, de Bogotá, obispo:3 de Calidonia in partibus, auxiliar del ilustrísimo Señor arzobispo de Bogotá en 1834; en 25 de marzo de 1835 al ilustrísimo señor doctor Nicolás de Arteta y Calixto, obispo de Quito, y al ilustrísimo señor doctor Manuel José Mosquera, en 28 de junio del mismo año de 35, arzobispo de Bogotá; todos tres en esta ciudad, en la iglesia de San Francisco. También consagró el 18 de noviembre de 1818 la iglesia de San Francisco de esta ciudad, en 1820 la de San Agustín, de Pasto, y en 1828 la de San Francisco, de Cali (*).

El ilustrísimo señor doctor fray Fernando Cuero y Caicedo, natural de Cali, en este obispado, y religioso misionero de San Francisco de Asís. Muy joven fue a estudiar a Bogotá, pero habiendo entrado a unos ejercicios espirituales en la recoleta de San Diego, abandonó el mundo y vistió el hábito de San Francisco en la misma recoleta, en la que tuvo su noviciado y profesó la regla seráfica. En esta religión hizo su estudios de teología y sagrados cánones, graduándose de doctor en esta ultima facultad. De corista, fue de secretario del R. P. provincial a Cartagena en la visita que hizo de su Provincia Seráfica. En esta ciudad recibió las sagradas órdenes por hallarse vacante el arzobispado. Ya de sacerdote, se desfilió del convento máximo de Bogotá y se vino de conventual al Colegio de Misiones de Cali. En este colegio fue varias veces guardián y tuvo otros empleos en su Orden. Fue catedrático de teología dogmática y sagrada escritura en el colegio de Santa Librada de Cali. Sirviendo este destino se hallaba y de guardián del Colegio de Misiones, cuando falleció el ilustrísimo señor Padilla en 13 de febrero de 1841, y estando reunido el Congreso Nacional de Nueva Granada, lo designó para obispo de esta Diócesis en 8 de marzo de 1841. Formado el proceso canónico fue el primer obispo de esta Diócesis presentado por el gobierno nacional. Preconizado en Roma por N. S. P. Gregorio XVI en 25 de mayo de 1842, recibió la consagración en la catedral de Bogotá de manos del ilustrísimo señor arzobispo doctor Manuel José Mosquera, en 22 de septiembre de 1843. Regresó a Cali a inmediatamente se vino a su Iglesia, entrando a esta ciudad el 22 de diciembre.  del mismo año, y en ese día tomó posesión de su Diócesis. Arregló el Colegio Seminario y se enseñaron las clases de latinidad, filosofía, teología dogmática y-moral trató de dar impulso a la construcción de la nueva Catedral, pero *las aflictivas circunstancias en que gobernó su Diócesis no le permitieron realizar sus deseos; visitó una gran parte de su obispado, principalmente las provincias de la costa y del Chocó, en donde con suma prudencia arregló esas parroquias. Gobernando el ilustrísimo señor Cuero vino a esta ciudad de paso para Pasto el ilustrísimo señor doctor José Elías Puyana, obispo de Caradro in partibus, auxiliar del ilustrísimo señor Cuero, al que encomendó todas las parroquias que hoy, forman el obispado de Pasto, dándole las facultades necesarias para que las gobernara. El ilustrísimo señor Cuero vivió de obispo más pobre que cuando era religioso, fiel imitador de su seráfico patriarca; no tuvo sino dos vestidos sumamente raídos; lo poco que tomaba de su escasísima renta lo daba a los pobres, sin dejar muchas veces ni aún para su modesto alimento y el de su escasa familia. Honró la mitra con todo género de virtudes; era muy versado en la oratoria sagrada; sus discursos tocaban al alma, llenos de unción, aunque sumamente sencillos; nunca escribía para predicar, y sus composiciones eran elocuentes. Falleció el jueves 7 de agosto de 1851 a las siete de la noche. Su venerable cadáver fue sepultado el 10 en la bóveda de la iglesia de la Compañía, de la que se sacó el cadáver del ilustrísimo señor Padilla. Su muerte fue sentida cordialmente en toda su Diócesis y su memoria se recuerda con veneración. Fue un justo y su muerte, preciosa a los ojos del Señor

El ilustrísimo señor doctor don Pedro Antonio Torres, oriundo de esta ciudad, nació en julio de 1794; fue el primer obispo que nombró la Santa Sede Apostólica después que el gobierno civil se independizó de la Iglesia.

 Sus primeros estudios los hizo en el Colegio de San Camilo de esta ciudad con el ilustrado padre Santiago Blanco y con fray Vicente Rivera, de la Orden de Santo Domingo. Cursó filosofía en este Colegio Seminario bajo la dirección del ilustrado maestro señor doctor don Toribio Míguez Rodríguez hasta 1810, en que comenzó sus cursos de teología con el doctor Mariano Arroyo, y el cuarto curso lo hizo en Quito bajo la dirección del doctor don Juan José Manzo y Loza. Estando en Quito en el Colegio de San Luis, defendió un acto público de teología; el célebre doctor Mariano Urrutia le formó el programa de las materias de todos cuatro años de teología; sostuvo el acto el 6 de junio de 1816, en presencia de la Real Audiencia, de su presidente don Toribio Montes, del cabildo eclesiástico, del- secular, de los prelados de las órdenes religiosas y del claustro de la Universidad. Dedicó el acto al rey de España, `Fernando VII, y fue tal su lucimiento que al terminar el acto la Universidad. de acuerdo con el presidente y demás corporaciones, le confirió públicamente el grado de doctor en teología.

En Lima hizo un curso de cánones y recibió el grado de doctor en la  Universidad de San Marcos. Recibió las sagradas órdenes en Guayaquil, de manos del ilustrísimo señor doctor don José Ignacio Cortazar y Lavayen, obispo de Cuenca, en 1817 Regresó a Popayán, y cuando vino a esta Diócesis el ilustrísimo señor Padilla, en 1818, y restableció el Seminario, nombró al señor Torres vicerrector y catedrático de filosofía hasta 1819 que emigró a Pasto, después de la batalla de San Juanito. En los ratos desocupados de su niñez el señor Torres aprendió el dibujo y la pintura con el célebre pintor Pedro Tello y la arquitectura de fray Pedro Pérez, de la Orden de San Francisco (véase el número 85).

De Pasto marchó a Quito, a independizadas esas provincias del gobierno colonial, las autoridades de Quito comisionaron al señor Torres para organizar el colegio de Cuenca Así lo hizo, Y formó el reglamento orgánico, que aprobó el gobierno de Quito. Enseñó en Cuenca filosofía, y al pasar a Guayaquil el Libertador Simón Bolívar, le dedicó un acto público de filosofía; el Libertador conoció, las brillantes cualidades del señor Torres, lo hizo su secretario privado y marchó con él al Perú. En Lima fue canónigo de esa Iglesia. Metropolitana, por nombramiento del Consejo de Gobierno en 6 de marzo de 1826. Vino en ese año el ilustrísimo señor don fray Calixto y Orihuela, obispo del Cuzco, a Lima, y de acuerdo con el deán de esa catedral metropolitana, lo nombró gobernador de su obispado, y a poco tiempo el Congreso del Perú lo hizo deán de aquella catedral, el 27 de septiembre de 1826. Dejó el Señor Torres al Perú  por los trastornos políticos y vino a Quito; el Libertador Presidente de Colombia lo presentó para la dignidad de tesorero de la catedral de Quito, en 16 de marzo de 1827; el general Juan José Flores, presidente del Ecuador, lo presentó para la dignidad de maestrescuela de, la misma catedral en 31 de octubre de 1832, y últimamente el mismo, presidente lo presentó para el deanato en 14 de abril de, 1835, vacante por la promoción del ilustrísimo señor Arteta a la mitra de esa Diócesis. En Quito el señor Torres fue colegial en el Colegio de San Luis en 1816, después rector de la Universidad, rector del Colegio de San Luis, director de Instrucción Pública y secretario de Gobierno; estando de senador en el Congreso, por circunstancias políticas vino a Nueva Granada, y estando en Bogotá el Senado lo eligió para ser presentado para el deanato de Cartagena, en 18 de marzo de 1848, vacante por fallecimiento del señor doctor Benito Rebollo. Antes, en 1823. El Libertador Presidente, General Simón Bolívar, lo presentó al Consejo de Gobierno, porque entonces no había ley de patronato, para obispo de Panamá, vacante esa silla por muerte del ilustrísimo señor don fray Higinio Durán, de la Orden de la Merced; pero el señor Torres no aceptó ese obispado y el Libertador lo nombro entonces vicario general castrense, marchando con él al Perú. El Congreso del Ecuador lo presentó para el obispado de Cuenca en 1844; pero sus enemigos, con negras calumnias, lo indispusieron con la Corte de Roma, más el señor Torres triunfó de ellos, se vindicó, fue preconizado por el señor Gregorio XVI, se le expidieron las bulas, y cuando no se esperaba sino que el señalará el día para recibir la consagración, renunció la mitra y quedó en Quito sin colocación. Se vino a la Nueva Granada y el Congreso que se hallaba reunido lo designó para ser presentado para la mitra de Cartagena, vacante por el fallecimiento del ilustrísimo señor doctor Juan Fernández de Sotomayor; aceptó el señor Torres, vinieron las bulas, preconizado que fue por N. S. P. Pío IX y recibió la consagración en la catedral de Bogotá en 8 de septiembre de 1849, de manos del ilustrísimo señor arzobispo doctor Manuel José Mosquera, que había sido su discípulo en este Colegio Seminario, cuando en 1818 y 1819 estudiaba filosofía bajo la dirección del ilustrísimo señor Torres, que era su catedrático y vicerrector al mismo tiempo. Estando en Cartagena gobernando su Iglesia fue desterrado, en 1853, por su firmeza en sostener las libertades de la Iglesia Católica. Hallábase  postrado en cama con una grave enfermedad; en ese estado lo hicieron embarcar y llegó a Panamá casi expirante; de allí pasó al Perú, donde se encontraba sufriendo su penoso ostracismo cuando la Santa Sede Apostólica, accediendo a la unánime petición de todos los hijos de Popayán, lo trasladó del obispado de Cartagena al de su país natal, por breve de 20 de diciembre de 1854. Hallándose en el Perú, desterrado, enfermo y sin recursos, no pudo venir a su nueva Diócesis hasta el 17 de diciembre de 1855, en que llegó a Cali, once años antes de su muerte en esa misma ciudad y en 17 de diciembre. Al fin vino a esta ciudad  y tomó posesión de azul Diócesis en 13 de febrero de 1856, entrando a su palacio el mismo día y a la misma hora en que moría el ilustrísimo señor Padilla en 1841. Llegó sumamente pobre de su destierro y halló su Diócesis sin rentas, porque, acabándose de separar el Estado de la Iglesia en virtud de lo dispuesto en la Ley de 1853, quedó arruinado todo el sistema rentístico de la Iglesia, porque habiendo incorporado el gobierno las rentas de la Iglesia en su Tesoro quedó todo confundido y perjudicada la Iglesia: pero dedicándose este ilustre prelado a cicatrizar las heridas que la separación del Estado había causado en toda la Nueva Granada con celo infatigable, en el corto espacio de diez y ocho meses ya pudo reedificar la casa de la hacienda de La Estancia, que corresponde al Seminario, y componer y abrir este el 28 de octubre, con un personal de superiores, catedráticos y alumnos como nunca los había tenido; construyó el tercero y cuarto claustro alto y bajo del interior del Seminario sobre buena y sólida arquería, para añadir otro dormitorio, capilla para alumnos internos y escuela de primeras letras para niños, no sólo de la Diócesis, sino de otras que solicitaron becas, y, además, comenzó a edificar la nueva catedral desde la imposición de la primera piedra, como se verá  en el número 342, sin tocar con ocho mil pesos que ya tenía preparados para la obra de los cimientos, empleando sólo las sumas que reunía a costa de inmensos sacrificios, hasta personales. La obra continuó con actividad hasta principios de 1860, en que comenzó la revolución que tantos males atrajo al país, pero siguiendo el trabajo aún con lentitud, según lo permitían las circunstancias, se levantó el frente hasta dos varas más alto que las tres puertas principales, quedó cerrada toda la iglesia, el coro capitular y sacristías adyacentes, todo rotundo, hasta bastante altura; por la parte occidental de la iglesia quedaron las naves cerradas de bóvedas y construidos los altares y las pilastras hasta el capitel; de la parte oriental las pilastras quedaron levantadas hasta la mitad y los altares comenzados, pues ambos subían con las paredes laterales; podía decirse que estaba edificada la mitad de la catedral. Aquí llegaban los trabajos cuando fue atacado el ilustrísimo señor Torres de varios males que se le desarrollaron a un tiempo, y aunque su cuerpo estaba esqueletado, su grande alma y su noble corazón conservaban toda su energía. Caminaba con dificultad, pero no cesaba de visitar frecuentemente la obra de su iglesia. En el estado de postración en que encontró su Diócesis en 1855, en que llegó a Cali, en el de destrucción completa en que la dejó la revolución de 1860, parece increíble que el ilustrísimo señor Torres hubiera hallado recursos para tanto gasto como empleó. Sólo su fuerza de voluntad, ese genio creador que lo animaba, pudo darle en los doce años de su pontificado diez y siete mil pesos para sus gastos personales, mil ochocientos para retechar y hermosear la magnífica iglesia de San Francisco y poner corriente el admirable órgano que posee, pues todo estaba en ruina; más de seis mil pesos en lo material y formal del Seminario; dos mil en las tres refacciones que le hizo a la casa de La Estancia, arruinada dos veces por las tropas que en ella se acuartelaron. Sólo el costo que hizo en la nueva Catedral pasa de cincuenta mil, y a más de todo esto, después de su muerte, aún se hallaron catorce mil pesos en numerario para la obra de la iglesia. En este estado y oprimido de sus males llegó el mes de noviembre, y como en otras ocasiones había recobrado la salud en temperamento cálido, emprendió su marcha a Cali; salió de esta ciudad el 26 de noviembre y falleció en Cali el martes 18 de diciembre de 1866. Fue sepultado detrás del altar mayor de la iglesia de San Pedro. La noticia de su muerte llegó a esta ciudad el viernes 21 de diciembre, llenando de luto y desolación tan infausto acontecimiento. Su corazón fue traído a esta ciudad el 13 de enero de 1867, se depositó en la iglesia del Hospital de Caridad, y el 14 el venerable capitulo lo condujo a esta catedral con una magnifica procesión, en que se enlutaron todas las calles por donde pasó. El 29, el mismo venerable capítulo le hizo unas suntuosas exequias en la iglesia de San Francisco, en las que pronunció la oración fúnebre el autor de esta Cronología; en la magnífica tumba en que se ostentó la elegancia y el ornato, se colocó el magnánimo  corazón del señor Torres y los de los ilustrísimos señores Obregón, Velarde, Padilla y Cuero, que fueron extraídos, el primero de .la iglesia de las monjas de la Encarnación, en donde había sido depositado en julio de 1785, y los otros tres de la iglesia del Carmen, en donde habían sido colocados, el primero en julio de 1809; el segundo, en febrero de 1841, y el tercero en agosto de 1851. Con anticipación habíanse hecho dos bellos panteoncitos sobre una y otra puerta del presbiterio en la iglesia de la Compañía, teniendo cada uno tres nichos. Concluidas las exequias en San Francisco, en una procesión solemne y acompañados de todas las autoridades y de todos los vecinos de esta ciudad, se trajeron los cinco corazones; el del señor Torres lo traía un hermoso ángel en sus manos, colocado en andas, y los otros cuatro cada uno de los señores capitulares, vestidos de capa magna. Llegados a la catedral, el presidente del cabildo los colocó, según el orden de sus defunciones: en el panteoncito del lado de la Epístola fueron colocadas tres urnas: en la primera el corazón del señor Obregón, en la segunda el del señor Velarde y en la tercera el del señor Padilla; en el lado del Evangelio se colocaron dos: en la primera el del señor Cuero y en la segunda el del señor Torres, todos encerrados en copas de cristal con espíritu de vino y perfectamente cubiertos y cerrados los nichos con puertas de cristal negro; cada Lima tiene su inscripción en letras de oro. Los restos del ilustrísimo señor Torres permanecen en el mausoleo, en la iglesia de San Pedro, de Cali, y el venerable capítulo ha acordado que en el tiempo conveniente sean trasladados a esta ciudad, para colocarlos en el panteón de los obispos, provisionalmente en las bóvedas de la iglesia de la Compañía, hasta que, concluida la nueva catedral, se coloquen en el lugar correspondiente. El señor presbítero Francisco de Paula Muñoz, cura del Tambo, le hizo también unas suntuosas exequias en la iglesia de la Encarnación, el lunes 18 de febrero de 1867, en que también pronunció el discurso fúnebre el autor de esta Cronología. La memoria del ilustrísimo  señor Torres será imperecedera en esta Diócesis por sus virtudes, sus luminosos y variados conocimientos, su elocuencia, su noble alma, su magnánimo corazón y, sobre todo, por el tierno amor que tuvo a su pueblo.

El ilustrísimo señor doctor Carlos Bermúdez y Pinzón, hijo legítimo del señor Custodio Bermúdez y de la señora María de los Ángeles Pinzón, nació en Moniquirá, parroquia del arzobispado de Bogotá, el 2 de noviembre de 1826; estudió literatura y filosofía en el Colegio de Boyacá y teología en el Seminario de la Arquidiócesis de Bogotá; recibió el grado de doctor en teología en esta ciudad en 1850; lo ordenó de presbítero el ilustrísimo señor doctor Manuel José Mosquera, arzobispo de Bogotá, el 16 de junio de 1850; fue cura propio de Toguí y posteriormente de Nemocón, en 1860; también fue excusador del curato de Sutamarchán, capellán y superior del Colegio de San Bartolomé, de Bogotá Estando de cura de Nemocón fue creado obispo de Popayán y preconizado en el consistorio de 13 de marzo de 1868; lo consagró el ilustrísimo señor arzobispo doctor Vicente Arbélaez, el domingo 28 de junio, víspera de instalarse el concilio provincial, al que concurrió ya consagrado. Lo asistieron en el acto solemne de la consagración los ilustrísimos señores doctor fray Eduardo Vásquez, obispo de Panamá, y don Bonifacio Antonio Toscano, obispo de Pamplona. Estando reunido el concilio provincial predicó el sermón de la sesión pública y solemne que tuvo lugar en la catedral metropolitana el domingo 2 de agosto. Entró en la capital de su Diócesis el 11 de marzo de 1869, tomando personalmente posesión de su obispado. Visitó en seguida algunas parroquias del Valle del Cauca, habiendo visitado a su paso por el Estado del Tolima algunas de las sujetas a su jurisdicción. De regreso de la visita emprendió marcha para concurrir al concilio general in Vaticano, saliendo de esta ciudad el 9 de septiembre; se embarcó en el puerto de Buenaventura y de allí siguió hasta Roma. Concurrió a la instalación del concilio ecuménico y permaneció en Roma hasta la definición del dogma de la infalibilidad del Romano Pontífice. Con permiso de Su Santidad regresó a su Diócesis; salió de Roma en agosto de 1870 y llegó a esta capital el jueves 15 de diciembre del mismo ano. Su primer cuidado fue el arreglo de su Seminario, el que confió a los sacerdotes de la Congregación de la Misión, y tuvo el consuelo de ver comenzar a funcionar ese plantel el 2 de febrero de 1871.

En agosto del mismo año convocó el sínodo, el que expidió cuatro decretos disciplinares. En noviembre siguiente marchó a visitar el norte de su extensa Diócesis; avanzó hasta Quibdó, de donde no pudo seguir a causa de enfermedad, y por San Juan y Buenaventura volvió a esta capital, adonde llegó a fines de mayo de 1872.

Llegado agosto, reunió de nuevo el sínodo, el cual elaboró un importante decreto sobre administración temporal de las parroquias Terminado el sínodo marchó al Valle para reunir al clero en las ciudades de Cali y Buga en ejercicios espirituales.

A fines de 1873, hallándose en Cajambre, en la visita que en agosto emprendió por la costa del Pacifico, recibió la convocatoria para un concilio provincial en Bogotá Suspendió la visita el señor obispo y marchó a esa capital; habiendo sido el único prelado sufragáneo que atendiera al llamamiento del metropolitano

Su entrada a Popayán, de regreso del concilio, la efectuó el 31 de mayo de 1874. En julio del año siguiente partió a visitar las parroquias del sur. La guerra que estalló poco después le impidió continuar las visitas. De su forzada permanencia en esta ciudad vino a sacarlo la orden de destierro que fue impartida contra varios obispos y muchos miembros del clero secular y regular. En altas horas de la noche, el 7 de febrero de 1877, una partida de hombres armados asaltó el palacio episcopal y condujo al señor Bermúdez al puerto de Buenaventura, de donde el prelado se dirigió a Chile.

Cerca de cuatro años estuvo la Diócesis privada no sólo de su celoso pastor sino también de muchos otros ministros del culto: dos días después que el señor Bermúdez, marcharon al destierro nueve sacerdotes lazaristas a cuyo cargo estaba el Seminario Mayor, de ellos cinco franceses, uno español y dos peruanos. El local del Seminario estuvo de cuartel hasta el 10 de agosto de 1883. Al ser expulsados los superiores del establecimiento había allí 30 ordenados, que se dispersaron como pudieron. Poco después de los atropellos mencionados siguieron al jefe de la Diócesis el vicario general y su suplente, y otros sacerdotes.

En diciembre de 1880 volvió el señor Bermúdez a Popayán, y una de sus primeras atenciones fue la de reorganizar el Seminario. Que continúa funcionando desde 1881. En julio de 1883 fue de nuevo a Bogotá, llamado por el excelentísimo señor delegado apostólico. A su regreso pretendió visitar las parroquias del Tolima que se hallaban sujetas a su jurisdicción, pero le fue imposible por el estado de alarma en que encontró esas regiones. En 1884 salió a visitar las parroquias del Valle del Cauca y regresó pronto a la capital, donde permaneció hasta octubre de 1886. El 15 de dicho mes, acompañado por los señores presbíteros Víctor Saavedra, Alejandro Rada y Cesáreo Caicedo, marchó a visitar las parroquias allende la cordillera. La disentería, que con caracteres alarmantes se había presentado en el sur del Tolima, atacó al señor Bermúdez, quien fue víctima de ella en la Mesa de Elías, lugar donde ocurrió la muerte del prelado el 6 de diciembre a la 1 y media de la tarde. La desaparición del virtuoso obispo fue hondamente sentida en toda la república y muchos funcionarios, corporaciones públicas y particulares se apresuraron a manifestar su pesar. El gobernador del Tolima, general Manuel Casabianca, dispuso que del tesoro departamental se costeasen los funerales del ilustre muerto, con todos los honores debidos a su rango. El cuerpo fue llevado al Hato; allí se hicieron solemnes exequias el día 8 y se depositó el cadáver en una cripta de calicanto en la iglesia de ese lugar, en el presbiterio, del lado del Evangelio. El corazón del prelado fue traído a Popayán por los sacerdotes que lo acompañaron en la visita.

Se distinguió el señor Bermúdez por su humildad y por su entereza para defender los dogmas de la religión, en lo cual siguió palmo a palmo los consejos de la Santidad de Pío IX, contenidos en carta dirigida al ilustrísimo obispo en 1869.

Ilustrísimo señor doctor Juan Buenaventura Ortiz. Respecto de este notable prelado, cuyo recuerdo permanece inalterable en el corazón de sus diocesanos, cedemos la palabra a uno de sus biógrafos, don Isidoro Laverde Amaya, quien en la Biografía Colombiana dice del doctor Ortiz:

Nació el 20 de septiembre de 1840, y desde muy niño se consagró con decisión a los estudios literarios y de matemáticas, los que interrumpió en la revolución de 1860. Poco tiempo después de esta se incorporó a la Comisión Geográfica, y con ella trabajó por dos años en la construcción de los mapas de los departamentos y de la república. Ayudó al señor Venancio Ortiz, su padre, en la redacción de El Católico, El Conservador y La Prensa, en los cuales y en La República, El Mosaico, el Museo de Cuadros de Costumbres y El Tradicionalista, están sus principales artículos.

En 1863 se hizo cargo de escribir un libro sobre los datos que: suministró el señor Filomeno Borrero, y es el que lleva por título Recuerdos de viajes por América  Europa, Asía y África.

En 1870 fundó y redactó e1 Derecho, periódico conservador, y comenzó después

la Historia de la Sociedad de San Vicente de Paúl publicación que suspendió con la de los Anales de aquella corporación..

Conságrese luego a la carrera eclesiástica, y el 15 de noviembre de 1874 se ordenó de sacerdote. Fue cura de la ciudad de San Gil; después de la de Zipaquirá, en donde duró varios años, y de la parroquia de la Catedral de Bogotá. Nombrado obispo de la Diócesis de Popayán, adquirió  allí gran prestigio por su conducta y celo apostólico. Murió en Cartago el 15 de agosto de 1894.

Las obras que quedan de su pluma son las siguientes:

Lecciones de Filosofía social y- Ciencia de la Legislación. – Camilo de Caycedo (folleto firmado por J. B. O.). – Exposición demostrada de la Doctrina Cristiana. – El hombre a carta cabal. Obra escrita en francés por el abate V. Marchal, misionero católico. – Recuerdos de viajes en América, Europa, Asia y África, en los años de 1865 a 1867 por Filomeno Borrero.

El ilustrísimo señor don Manuel, José Cayzedo, quien nació en Bogotá el 16 de noviembre de 1851. Fueron sus padres el doctor don Fernando de Cayzedo y la señora doña Aquilina Martínez de Pinillos, personas ambas de noble y cristiano linaje. Tuvo la fortuna de recibir el bautismo el día 18 de noviembre de 1851, de manos del inmortal arzobispo doctor Manuel José Mosquera, que ha dejado tan honda huella en la historia eclesiástica del país como sabio y como mártir; y es seguro que el nuevo obispo tiene como fausto augurio para su carrera episcopal el haber recibido al venir al mundo la imposición de manos de prelado tan eminente.

Pasó el señor Cayzedo los primeros años de su infancia al lado de su familia, recibiendo de sus padres las primeras lecciones de religiosidad, de virtud y de cultura, que en ninguna edad se graban tan profundamente como en la niñez, en que el carácter es como blanca cera y se deja modelar fácilmente por ajenas manos. Muy alto habla en favor de los señores Cayzedos y de la educación que daban los suyos, el hecho de que uno de sus hijos haya alcanzado las más altas dignidades de nuestra Iglesia; que otro, Camilo, muerto hace muchos años en los albores de la juventud, dejara entre cuantos lo conocieron reputación de ángel, y que los demás se hayan distinguido tanto religiosa y socialmente que constituyen una de las familias más intachables de Bogotá

 En 1860 el señor Cayzedo entró al colegio que regentaba don Ricardo Carrasquilla. Poco tiempo, un año apenas, permaneció el señor Cayzedo en el Liceo de la Infancia, nombre que llevaba el colegio del señor Carrasquilla, pues su padre, grande admirador de los institutos regentados por jesuitas, quiso que pasara al que estos dirigían por entonces: no quiso don Fernando de Cayzedo resignarse a que sus hijos perdieran la dirección de los discípulos de San Ignacio, y en 1864 envió a don Manuel José y a su hermano don Camilo a la ciudad de Quito, al colegio que los jesuitas tenían en esta ciudad donde permanecieron hasta 1868.

En el mes de enero de este año salieron de Quito por el camino de tierra; en Cali, en donde tenían varios parientes, se detuvieron  un  mes y llegaron por fin a Bogotá, en donde encontraron expirando a su abuela materna, que hacía tiempo deliraba por poder abrazarlos antes de morir.

En 1869 don Manuel José volvió a entrar como alumno al colegio del señor Carrasquilla. Entretanto su hermano Camilo, constante compañero suyo de expatriación y estudios, se perfeccionaba en los ramos de literatura y filosofía, hasta obtener el grado de Bachiller en la Universidad Nacional, y se dedicaba a altos estudios de ingeniería, para morir algunos años después víctima de fatal accidente, dejando tronchadas todas las esperanzas que había hecho, concebir su brillante y bien dirigido talento.

En 1870 el señor Cayzedo entró a formar parte de la juventud Católica, Asociación de que formaban parte jóvenes distinguidos de la sociedad. En el mismo año ingresó en la Sociedad de San Vicente de Paúl, cuyas benéficas y fecundas labores cuadraban muy bien a su carácter suave y caritativo.

En un espíritu como el del señor Cayzedo, poco afecto a las cosas del mundo y consagrado a las prácticas de la fe y a la caridad debía germinar naturalmente la idea de entregarse al servicio de Dios. Es lo cierto que en noviembre de 1880 salió de Bogotá para el extranjero, con la firme resolución de hacerse sacerdote. Visitó los Estados Unidos y los principales países europeos: Inglaterra, Francia y Alemania; y una vez satisfecha su curiosidad de viajero, se dirigió a Roma para entrar al Colegio Pío Latino Americano. El 21 de abril de 1881 ingresó en este magnífico Instituto, que ha dado a nuestro país varios sacerdotes distinguidos, y al propio tiempo que hacía en el sus estudios eclesiásticos concurría a las aulas de la Universidad Gregoriana, en donde siguió el curso de teología dogmática y oyó las lecciones de teología moral que allí profesaba el docto padre Antonio Ballerini.

Rápidamente avanzó el señor Cayzedo hacia el deseado término de su carrera. En noviembre de 81 recibió la tonsura y las dos primeras órdenes menores y en diciembre fue ordenado de exorcista y acólito; el 23 de septiembre de 82 recibió el subdiaconado y al año completo, día por día, fue elevado a la dignidad de diácono. Por último, el 22 de diciembre de 1833 recibió el presbiterado en la basílicas de San Juan de Letrán, de manos del eminentísimo señor cardenal Rafael Mónaco La Valleta, vicario de Su Santidad León XIII, y después decano del Sacro Colegio. A1 siguiente día celebró por primera vez el augusto sacrificio de la misa en la capilla del Colegio Pío Latino Americano, que lo había acabado de formar en su seno para el sacerdocio.

Cuando el ilustrísimo señor Paúl, de inmortal memoria, fue promovido a la silla arzobispal de Bogotá, el joven presbítero fue comisionado para presentarse en el Consistorio y pedir el palio para el nuevo arzobispo; y como representante del señor Paúl recibió la imposición de aquella sagrada insignia en el palacio de la Cancillería Apostólica.

El día 19 de enero de 1885 salió el señor Cayzedo de Roma en dirección a la tierra natal. Campeón apostólico, armado de todas armas; deseaba ardientemente venir a ayudar a sus compañeros de sacerdocio en sus difíciles labores. Pero al llegar a las Antillas vio que por el momento era imposible realizar su deseo. La revolución rugía en todos los ámbitos del país, pero poco a poco se iba concentrando en los departamentos de la costa atlántica: la entrada al interior era imposible. El señor Cayzedo se dirigió entonces a Caracas, con el fin de aguardar a que cesase la guerra civil que desgarraba a su patria. Siete meses pasó en la capital de la vecina república, los cuales dedicó a la activa práctica de su ministerio, ya confesando y predicando, ya desempeñando las funciones de capellán del Asilo de la Beneficencia. El ilustrísimo señor arzobispo de Caracas lo alojó en su palacio, le prodigó las mayores consideraciones, y, conocedor de su mérito, le hizo lisonjeras propuestas con el fin de que se quedase a su lado. Pero el señor Cayzedo, aunque agradeció vivamente tan noble comportamiento, apenas vio abierta la entrada al país salió de Caracas con gran pesar de cuantos le conocían. El señor arzobispo mismo salió a acompañarlo en su coche hasta el tren, y en pos iba -una multitud de pobres lamentando la ausencia del que en tan poco tiempo les había hecho tan grandes beneficios.

Una vez de regreso en su ciudad natal, el señor Cayzedo desempeñó por poco tiempo  el curato de Las Aguas, de donde pasó, por nombramiento del ilustrísimo señor Paúl, a la prefectura general del Seminario Conciliar, y de ahí, en 1888, al puesto de vicerrector

Además del empleo de vicerrector, desempeñó el señor Cayzedo en el Seminario las cátedras de 1° y 3o cursos de latín, castellano, retórica a historia eclesiástica.

En abril de 1891, cuando por muerte del ilustrísimo señor Velasco, fue llamado el señor doctor don Ignacio Buenaventura a desempeñar el elevado cargo de vicario capitular, este venerable eclesiástico nombró secretario de la curia metropolitana al señor Cayzedo. El electo correspondió a la confianza del vicario y a las esperanzas de todos los fieles, con sus conocimientos en asuntos eclesiásticas, su don de gobierno y su carácter afable para todos los que se le acercaban. La habilidad que desplegó en la secretaria de la arquidiócesis hizo que se fijaran en él las miradas de altos personajes civiles y eclesiásticos, que resolvieron abrir más ancho campo de acción a sus facultades. En efecto, habiendo sido trasladado a la sede de Medellín el ilustrísimo señor doctor don Joaquín Pardo Vergara, obispo electo de Pasto, el excelentísimo señor presidente de la república, de acuerdo con el excelentísimo señor delegado apostólico, propuso al señor Cayzedo para llenar la vacante producida por el señor Pardo.

¡Extraña coincidencia! En la ciudad que iba a ser sede del ilustrísimo señor Cayzedo fue fusilado por los españoles en 1813 su abuelo paterno, general don Joaquín de Cayzedo; en la tierra que el antecesor regó con su sangre para fundar la república, iba el nieto a derramar el óleo de su doctrina para afirmar y extender el reinado de Jesucristo.

Después de haber regido con notable acierto y con religioso celo la Diócesis mencionada durante años, por disposición pontificia fue trasladado de ella a ésta de Popayán, por muerte del ilustrísimo señor Ortiz. En 1899 se dirigió a la Ciudad Eterna con el fin de asistir al Concilio Plenario de la América Latina, convocado por el sabio Pontífice León XIII. Cuando emprendió su viaje de regreso ardía en toda la república el pavoroso incendio de la guerra civil, circunstancia que lo precisó a detenerse en la capital durante algunos meses.

El mismo Magno Pontífice, por decreto consistorial dado en la Ciudad Eterna el 20 de junio de 1900, elevó la sede de Popayán a la categoría de Arquidiócesis, teniendo como sufragáneas las Diócesis de Pasto, Cali y Garzón; decreto que fue ejecutoriado en Bogotá por el señor delegado apostólico, monseñor Antonio Vico, luego insigne cardenal de la Iglesia Romana.

Con el ilustrísimo señor de Cayzedo se cerró, muy dignamente por cierto, la serie de los obispos de esta Diócesis, creada por Paulo III en 1° de septiembre de 1546, esto es, diez años después de fundada esta ciudad por Belalcázar. Trescientos cincuenta y seis años había durado el gobierno episcopal; y hemos visto que en la serie de esos prelados (que iniciaron el ilustrísimo señor Del Valle y el santo agustino de La Coruña, se contaron muchos varones eminentes por su piedad, por su ilustración o su don de gobierno.

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